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COMPETITIVIDAD
EN DEPORTES INFANTILES Palabras
Claves: Competición - Competitividad - Reforzadores Externos. Resumen:
el presente estudio pretende hechar luz acerca de la
competencia a edades tempranas. Busca evidenciar la conveniencia o no del desafío
en niños, la forma de lograr competitividad y el papel que juegan los distintos
agentes del contexto deportivo. ¿La competición es buena o es mala? En
la actualidad un sinnúmero de interrogantes aparecen en función de exponer o
no a los niños a los efectos de la competición. Existen posturas claramente
definidas al respecto, se encuentran por un lado aquellos que sostienen que es
ampliamente nociva la competición a edades tempranas y por otra parte, hay
quienes consideran que es la única forma posible de que el deportista se
acostumbre a la presión de la competición y le pueda resultar satisfactorio. Personalmente
considero que existe una confusión en principio conceptual acerca de que es la
competición, como se puede buscar la competitividad en los niños, y
esencialmente como cada uno de los procesos que los niños atraviesan se ven
claramente influenciados por los reforzadores externos, que terminan
configurando la asertividad o no del proceso. Personalmente
considero que resulta más operativo utilizar el enfoque de la Evaluación
Social que realiza Martens acerca de la competición, el cuál considera que la
competición es algo más que un suceso único, sino que implica un proceso que
abarca varios estadios o fases: 1.
Situación
Competitiva Objetiva. 2.
Situación
Competitiva Subjetiva. 3.
Respuesta.
4.
Consecuencias.
La
situación competitiva objetiva es el desafío de la prueba propiamente dicho,
lo cuál incluye un patrón de comparación ya sea con otras personas, con
registros personales anteriores o con un nivel ideal de rendimiento. Por
su parte, la fase de competitiva subjetiva es clave y consiste en el modo en que
la persona percibe, acepta y valora la situación competitiva objetiva. Factores
tales como capacidad percibida, la motivación, la importancia de la situación
competitiva y el adversario pueden influir claramente en la evaluación
subjetiva del entorno competitivo. El desarrollo de una correcta capacidad de
evaluación de la situación competitiva objetiva determinará un estilo de
deportista con motivación para el logro, o competitivo. Una
vez que la persona ha evaluado la situación decide si participar en ella o no,
iniciando la tercer fase del proceso de competición que es la respuesta. La
misma se da en niveles conductuales, fisiológicos y psicológicos. Luego
de la respuesta comienza la fase final es decir la comparación de la respuesta
del deportista con el patrón de comparaciones. En función de esto las
consecuencias normalmente suelen ser positivas o negativas, las cuales suelen
asociarse con éxito o fracaso. No obstante es más importante la percepción
que el deportista tiene de sus resultados que las consecuencias objetivas. Es
decir que si el deportista considera que ha elevado su nivel de ejecución, por
más que no haya ganado, posiblemente las consecuencias continúen siendo
positivas y actúen como incentivo o motivadoras para próximas situaciones
competitivas. Pero
también hay que tener en cuenta otro aspecto en esta fase final, especialmente
en el deporte infantil, y es la valoración de los terceros cercanos al
deportista. El entrenador, los padres, los amigos o familiares puedan
transformar una valoración positiva del deportista en una catástrofe
emocional. Suele encontrarse en ocasiones que parte del entorno del deportista
vivencia cada derrota de su niño como un fracaso catastrófico. Indudablemente
esta sensación desencadena emociones negativas en el deportista y lo único que
propicia es la evitación de la situación competitiva. En
función del modelo de Evaluación Social aquí presentado, existen dos fases en
función de las cuales debemos trabajar ayudando a los niños y son las fases 2
y 4. Una correcta evaluación de la situación competitiva objetiva y
consecuencias adecuadas perfilarán sin duda un estado competitivo en los niños
deportistas. La
evaluación de la situación competitiva depende en gran manera de la capacidad
percibida que tenga el niño acerca de sí mismo. Si el niño considera que
puede dominar o no el evento es lo que lo llevará a participa o tenderá a
evitar la competición. Ineludiblemente deben existir programaciones cognitivas,
a nivel mental de forma tal que posibilite que cada niño encuentre en la
competencia una posibilidad de aprendizaje más que una amenaza que atenta
contra su capacidad deportiva. Existen
mayoritariamente dos estilos formativos en la progresión deportiva del niño,
uno es orientado a la ejecución mientras que el restante es orientado al
resultado. Resulta necesario remarcar que es imprescindible que la mejor
orientación motivacional es aquella orientada hacia la ejecución. La
misma se caracteriza por la orientación de la persona hacia el esfuerzo por
conseguir sus metas, con persistencia a pesar de los fracasos y con la sensación
de orgullo por las ejecuciones realizadas. Este estado motivacional de logro en
el ámbito deportivo se conoce como competitividad. La
competitividad configura deportistas que tienden a buscar desafíos, que se
esfuerzan por conseguir sus objetivos y que persisten en su actividad a pesar de
derrotas o lesiones. Obtienen placer por la actividad que realizan. Entonces
a partir de lo aquí expuesto es que tenemos que tratar el tema de las
recompensas, los premios y los castigos. Ya sea por parte del entrenador o por
parte del entorno es esencial premiar el esfuerzo por competir, por mejorarse y
olvidarse de castigar por resultados adversos. Habitualmente suele suceder que
el viaje de ida es placentero y el viaje de vuelta de la competición resulta un
verdadero calvario. Desde
ahí se puede trabajar para formar la competitividad de los deportistas
infantiles, premiando sus ejecuciones independientemente del resultado.
Trabajando en función de sus ejecuciones mucho más que en función de los
resultados obtenidos, de lo contrario pueden llegar a encontrarse con varios
deportistas adolescentes totalmente frustrados y alejados de la práctica
activa, dado que al ser desarrollados precoces a edades tempranas obtenían
muchos resultados y eran constantemente premiados. El riesgo es cuando se
equiparan las capacidades físicas y desaparecen los premios, en consecuencia
desaparece el placer por la práctica de la actividad. Técnicamente este
proceso suele conocerse como agotamiento emocional, y es el producto de castigos
por la falta de resultados. En
función de lo expuesto queda planteada la pregunta ¿la competición es buena o
es mala? Personalmente considero que la competición es un proceso social, que
no es buena ni es mala en sí, sino que depende de los reforzadores que se le
apliquen, de la orientación que le otorguen los agentes del contexto deportivo.
Mucha gente obtuvo gran placer por competir de la misma forma que otra obtuvo
frustración y displacer. Considero
que la práctica deportiva al igual que la educación son un proceso social en sí,
y que la idea central para mantener y consolidar estos procesos no debe ser únicamente
obtener doctorados ni maestrías sino asegurarse que la educación inicial
cuente cada vez con más participantes. Bibliografía
Consultada BUCETA,
José María. "Psicología del Entrenamiento Deportivo". Editorial
Dykinson-psicología. Madrid
1998. |
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