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Encuentro
©Andrés Díaz
Marrero
Volví a sentir el filo del acero
penetrar hasta el fondo de la herida,
violar la cicatriz, la hora perdida,
con su tajo profundo y muy certero.
Volvió a temblar mi alma en desespero
reviviendo el dolor de tu partida,
desbordando mi angustia contenida,
en un largo quejido, sordo y fiero.
Tus ojos se ocultaron de los míos
sorprendidos del imprevisto encuentro;
de la muerte sentí los calosfríos
descuajándome el alma de su centro...
¡Y te juro mujer, son como ríos
las lágrimas que fluyen desde adentro!
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