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Narrativa breve
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Había sonado la
campana. Finalizó la clase. A pesar del dolor de cabeza que
todavía sentía estaba muy satisfecha con la participación de los
estudiantes. Despachó al grupo con una sonrisa y un “los veo
mañana”, no empece al agudo dolor que sentía detrás de los ojos.
Hacía ya unos cuantos meses que padecía intermitentes dolores de
cabeza. Había acudido al médico, y éste le había recetado
analgésicos para aliviarle el dolor. Esta vez había notado unos
síntomas distintos. Además del dolor de cabeza su visión se
oscurecía.
Días después, perdió la vista. Su vida quedó totalmente oscura. Un
profundo sentido de desamparo la embargaba. Era maestra por
vocación, y ahora, ya no podía continuar enseñando… ¡no de la
manera tradicional, por supuesto! ¡Pero, enseñar era su vida!
Tenía que continuar haciéndolo…
La oportunidad, que favorece siempre al que obra con fe, puso en
su camino los instrumentos necesarios para lograrlo. Consiguió una
beca para estudiar pedagogía de ciegos en los Estados Unidos.
Después de haber terminado exitosamente los estudios en el
Instituto Perkins de Boston, regresó a su patria, y a su vocación
de maestra. Regresaba para enseñar a invidentes. En el 1919, y con
la ayuda del escritor Cayetano Coll y Cuchí, logró que la
legislatura aprobara un proyecto de ley para establecer la primera
escuela para ciegos de Puerto Rico.
Loaíza Cordero volvió al aula a enseñar y a dirigir con bríos su
hermoso proyecto. Los frutos no se hicieron esperar. Había llevado
la esperanza de un vida mejor a cientos de invidentes. Ya no era
necesario que las personas ciegas se presentaran frente a las
iglesias y en las plaza públicas a mendigar. Ahora tenían la
oportunidad de instruirse, de ser personas útiles y productivas.
Cientos de invidentes triunfaron. Tenían la inteligencia y el
deseo, sólo faltaban los instrumentos para vencer su discapacidad.
Incansable, Loaíza, dirigió hasta su jubilación el Instituto que
hoy lleva su nombre. —Dios pone a cada cual en el lugar donde se
necesita —pensaba ella. Y así fue, porque después de jubilada, y
poco antes de su muerte, le sucedió lo que parecía imposible;
recobró la vista.
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©Andrés Díaz Marrero
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