cuentosCátedra

©Andrés Díaz Marrero

Narrativa breve
Cuentos de Puerto Rico

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La Guardia de Choque entró a la Universidad, en forma de cuña, con sus bastones eléctricos y sus relucientes cascos blancos. Las máscaras antigases que llevaban puestas les hacían parecer seres de otro planeta. Los estudiantes se habían dispersado formando pequeños núcleos dentro de la humareda de gas lacrimógeno. Plaps, tap, plaps, taps … se escuchaban las botas. Goliat en cada pisada crecía. La refriega virtualmente había terminado. Una que otra piedra cruzaba el espacio. Gritos y abucheos se escuchaban ocasionalmente.
—¡Que no quede uno! —vociferó el Comandante.
Mientras los bastones eléctricos buscaban las costillas, encontrando la más de las veces: brazos, torsos y cabezas.
—¡Cuidado Joaquín! —le gritó Teresa, al ver el policía avanzando sobre él.
Joaquín lo vio acercarse con el bastón en alto; apretó las piedras entre sus manos como si quisiera condensarlas; hacerlas más pesadas. Calculó la distancia y con un tiro certero le asestó en una pierna.
—¡Hijo é Puta deja que te agarre! —gritó el policía, dolorido; y se le vino encima.

La distancia se acortó súbitamente. En el fondo se escuchaban algunas detonaciones y se veía avanzar la tropa con las bayonetas caladas sobre los fusiles; otros con sus revólveres al aire. Joaquín le lanzó la otra piedra que pasó rozándole el vientre.
—Te voy a joder —masculló el policía.
—¡Abusador! ¡Abusador! —gritaba Teresa, mientras el bastón eléctrico era descargado sobre Joaquín.

El joven en el suelo se acurrucaba tratando de esquivar la lluvia de puntapiés sobre su vientre y su costado. Se le había caído la camisa que utilizaba como máscara antigás; y sobre su cara se mezclaba la sangre con sus lágrimas.En un esfuerzo desesperado, ahora gateando, ahora corriendo, ahora rodando; instintivamente, se salió del círculo de los golpes. Con dolor agudo en el vientre, sólo pensaba en huir … No podía ver por los efectos del gas; la sangre le bañaba el rostro. Teresa quiso socorrerlo; pero un silbido la detuvo a medio camino; por debajo de su oreja izquierda manaba un hilillo de sangre. Se detuvo callada; dobló sus piernas cuidadosamente como si fuera a sentarse; tocó el suelo y se extendió sobre él. Unos cuantos latidos se sintieron pulsar y desvanecerse… Al lado, esparcidos por el suelo su libros.

Joaquín fue detenido. La radio informaba al pueblo sobre varios heridos y algunos muertos; todos estudiantes. El rector anunciaba «La vuelta al orden institucional… »

La guardia «En retirada» comentaba:
—¡A estos sinvergüenzas lo que hay es que meterles leña!
—Cogí a uno, le di de arroz y masa.
—Lo más que agalla son los gritos esos de … ¡Abusador y Vende Patria!
—A mí plin, si con esta maceta le hago tragar los dientes.
—¡Tanta protesta! ¿Pero es que estos muchachos no se dan cuenta de que viven en una democracia?


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