cuentosLa aventura

©Andrés Díaz Marrero

Narrativa breve
Cuentos de Puerto Rico

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Ese domingo, Chito se levantó temprano. Se lavó y vistió con gran rapidez; mordisqueando un sandwich avanzó al pasillo; esperó un instante por el ascensor, marcó el sexto; y sintió su corazón golpear con desespero; emocionado ante la perspectiva de una gran aventura. En el sexto, se encontró con Pablo y Chano tal como lo habían convenido. ¡Vamos! —Dijo Chito.
El grupo dirigió sus pasos hacia el tercer piso, cuyos apartamentos, en aquella mañana, se encontraban desocupados.
—¿Cómo lo vas a hacer? —Preguntó Chano, desde el fondo curioso de sus nueve años.
—¡Suave! —Contestó Chito mientras lo miraba fijo; como si estuviera arrepentido de haberlo invitado.

La explicación de Chito fue simultánea a la acción. Esperarían a que el ascensor se detuviera en el tercer piso; forzarían la puerta del segundo con un cuchillo e introducirían la camisa de Chito entre la separación; de manera que la puerta no pudiese cerrar y el ascensor quedara inmóvil en el tercero; gracias al dispositivo de seguridad que no permite su marcha mientras alguna de las puertas estuviese abierta.
—¿Por qué hicimos esto en el tercero?—Preguntó Pablo. Chito se irguió con un aire de importancia; y con falsa modestia respondió: —pa' los que quieran usar el ascensor en los otros pisos, vean que no se mueve y piensen que se ha dañao.

—¡Por el libro! —Exclamó Pablo a la vez que palmeaba el hombro de su amigo. Chano permanecía callado, pero sus ojos delataban la emoción de la aventura.
—Todos pa'bajo —ordenó Chito.

Pablo y Chano caminaron tras él. Sin prisa. Silenciosos. Pero, cada cara irradiaba satisfacción. La llegada se hizo breve. En un parpadear se encontraron en el sótano mirándose unos a otros. Un ligero escalofrío corrió por el cuerpo de Chito, temiendo que sus amigos notaran su actitud vacilante, intentó una sonrisa. Los demás ripostaron de la misma manera. Entre todos abrieron la escotilla de acceso al foso del ascensor, teniendo que aunar fuerzas debido a que sus bordes estaban atascados.

—Esperen aquí. No vengan hasta que yo les diga. —Advirtió Chito, mientras comenzaba a descender apoyándose con dificultad de los engrasados rieles. Por fin llegó. Tenía el pecho, las manos y gran parte de la cara llena de tizne y grasa. Miró a sus compañeros con las pupilas inundadas de éxito. Se sentía feliz dentro de aquel territorio inviolado. Lo encontró más amplio de lo que pensaba; y mucho más alto; tal vez cuatro veces su propia estatura. Pasó los dedos por los muelles de seguridad del ascensor; los cuales alcanzaban casi su tamaño. Se sentó sobre uno de ellos e hizo una morisqueta. Sus amigos le aplaudieron desde lo alto.

¡Chitoo, Chitooo! —Era la voz de su padre, que colándose por la abertura del ascensor retumbó en el foso. En su excitación los muchachos se habían olvidado del tiempo. El padre de Chito salió en su busca. Después de éste haber esperado un largo rato por el ascensor, al ver que el mismo no se movía, decidió utilizar la escalera. La desaparición de Chito y el tener que bajar por la escalera lo había disgustado.
—¡Chito, Chitoo! —Aquella voz fue un espuelazo en las ancas del miedo de los chicos; los cuales más pronto dicho que hecho emprendieron el «patas pa' que te quiero».

Chito se quedó solo; se acobardó; sintió miedo de quedarse dentro del foso; y miedo de subir y encontrarse con la faz enojada de su padre. Su cara tiznada se ennegreció aún más con la incertidumbre. Al fin se decidió. Con los ojos nublados comenzó a subir; a la mitad, las lágrimas le bañaban el rostro. Sus rodillas le temblaban y sus manos se agarraban con dificultad de los rieles. Trató de articular un grito, una llamada de socorro, pero la voz no le salía.

Al pasar por el tercer piso, el padre encontró la camisa de Chito entorpeciendo la puerta del ascensor. Con un gesto de indignación sustrajo la camisa aprisionada.

La puerta se cerró con un clic fatal.

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