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Ese domingo, Chito se
levantó temprano. Se lavó y vistió con
gran rapidez; mordisqueando un sandwich avanzó al
pasillo; esperó un instante por el ascensor,
marcó el sexto; y sintió su corazón
golpear con desespero; emocionado ante la perspectiva de una
gran aventura. En el sexto, se encontró con Pablo y
Chano tal como lo habían convenido. ¡Vamos!
_Dijo Chito.
El grupo dirigió sus pasos hacia el tercer piso,
cuyos apartamentos, en aquella mañana, se encontraban
desocupados.
_¿Cómo lo vas a hacer? _Preguntó, Chano,
desde el fondo curioso de sus nueve años.
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_¡Suave! _Contestó Chito mientras lo miraba
fijo; como si estuviera arrepentido de haberlo invitado.
La explicación de Chito fue simultánea a la
acción. Esperarían a que el ascensor se
detuviera en el tercer piso; forzarían la puerta del
segundo con un cuchillo e introducirían la camisa de
Chito entre la separación; de manera que la puerta no
pudiese cerrar y el ascensor quedara inmóvil en el
tercero; gracias al dispositivo de seguridad que no permite
su marcha mientras alguna de las puertas estuviese
abierta.
_¿Por qué no hicimos esto en el
tercero?_Preguntó Pablo. Chito se irguió con
un aire de importancia; y con falsa modestia
respondió: _pa' los que quieran usar el ascensor,
vean que no se mueve y piensen que se ha dañao.
_¡Por el libro! _Exclamó Pablo a la vez que
palmeaba el hombro de su amigo. Chano permanecía
callado, pero sus ojos delataban la emoción de la
aventura.
_Todos pa'bajo _ordenó Chito.
Pablo y Chano caminaron tras él. Sin prisa.
Silenciosos. Pero, cada cara irradiaba satisfacción.
La llegada se hizo breve. En un parpadear se encontraron en
el sótano mirándose unos a otros. Un ligero
escalofrío corrió por el cuerpo de Chito,
temiendo que sus amigos notaran su actitud vacilante,
intentó una sonrisa. Los demás ripostaron de
la misma manera. Entre todos abrieron la escotilla de acceso
al foso del ascensor, teniendo que aunar fuerzas debido a
que sus bordes estaban atascados.
_Esperen aquí. No vengan hasta que yo les diga.
_Advirtió Chito, mientras comenzaba a descender
apoyándose con dificultad de los engrasados rieles.
Por fin llegó. Tenía el pecho, las manos y
gran parte de la cara llena de tizne y grasa. Miró a
sus compañeros con las pupilas inundadas de
éxito. Se sentía feliz dentro de aquel
territorio inviolado. Lo encontró más amplio
de lo que pensaba; y mucho más alto; tal vez cuatro
veces su propia estatura. Pasó los dedos por los
muelles de seguridad del ascensor; los cuales alcanzaban
casi su tamaño. Se sentó sobre uno de ellos e
hizo una morisqueta. Sus amigos le aplaudieron desde lo
alto.
_¡Chitoo, Chitooo! _Era la voz de su padre, que
colándose por la abertura del ascensor retumbó
en el foso. En su excitación los muchachos se
habían olvidado del tiempo. El padre de Chito
salió en su busca. Después de éste
haber esperado un largo rato por el ascensor, al ver que el
mismo no se movía, decidió utilizar la
escalera. La desaparición de Chito y el tener que
bajar por la escalera lo había disgustado.
_¡Chito, Chitoo! _Aquella voz fue un espuelazo en las
ancas del miedo de los chicos; los cuales más pronto
dicho que hecho emprendieron el «patas pa' que te
quiero».
Chito se quedó solo; se acobardó;
sintió miedo de quedarse dentro del foso; y miedo de
subir y encontrarse con la faz enojada de su padre. Su cara
tiznada se ennegreció aún más con la
incertidumbre. Al fin se decidió. Con los ojos
nublados comenzó a subir; a la mitad, las
lágrimas le bañaban el rostro. Sus rodillas le
temblaban y sus manos se agarraban con dificultad de los
rieles. Trató de articular un grito, una llamada de
socorro, pero la voz no le salía.
Al pasar por el segundo piso el padre
encontró la camisa de Chito entorpeciendo la puerta
del ascensor. Con un gesto de indignación sustrajo la
camisa aprisionada.
La puerta se cerró con un clic
fatal
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