cuentosSombras

©Andrés Díaz Marrero

Narrativa breve
Cuentos de Puerto Rico

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Las cosas empeoraban día a día. El sueldo apenas alcanzaba para la comida; y la agencia le había reducido la jornada de trabajo. Las cuentas se amontonaban desde meses atrás. El correo sólo traía terceros, cuartos y últimos avisos de parte de los acreedores. La mueblería le había reposeído los muebles; y la estrecha vivienda presentaba un vacío interior que la hacía lucir más amplia de lo que realmente era.« ¿Pedir prestado? ¿A quién? La crisis era general. Por lo menos, en eso estaban de acuerdo los periódicos… Sin embargo, las compañías petroleras habían quintuplicado las ganancias; y en cuanto a Puerto Rico, las compañías de afuera… bueno, yo no sé mucho de esas cosas, pero… ¡Caray! ¡Qué difícil se ha puesto la vida! »
—¡Carmelo! La voz de la esposa interrumpió su pensamiento. —¡Date prisa! Tenemos que llegar antes de que termine la hora de visita.
Su mujer se veía envejecida prematuramente; a él se le daba que también había envejecido. La enfermedad del nene —pensó, tratando de reducir toda su amargura a una sola causa. Mas en el fondo adivinaba la verdad.
—¡Carmeloo!, ¡Carmeloo!
—¡Maldito sea! Es el diablo de Moncho, buscándote; tenemos que irnos, así que no le des mucha lata.
—¡Pero mujer, es que… No tuvo tiempo de argumentar; Moncho se había introducido en la casa, a la vez que Petra, con evidente disgusto, se evadía hacia el dormitorio.
—Carmelo, vengo a decirte que esta noche tenemos reunión en el comité.
—Tengo que ir al Centro Médico; ya sabes que…
—¡Hombre lo sé! Pero, no puedo estar excusándote en casi toas las reuniones.
—¡Tú sabes que…!
—¡Sí hombre, lo sé! Es que uno tiene enemigos. Hay quien dice que te cambiaste de partido. Yo sé que la ayuda es poca; ¡pero en estos tiempos!
—El programa es pa' to' el que necesita.
—¡Ay bendito!, ¡Qué va, compay! ¡Qué va hombre!, !qué va! Mira, para mí, tú eres más que mi hermano; aún recuerdo lo que me ayudaste cuando to' el mundo me cerraba pueltas, pero tienes que darte cuenta de que to' es política, la más sucia y descará. Si no te quitan la ayuda directamente te ponen tantas piedras en el camino, ¡qué pa' qué te cuento! Además, lo de tu hijo… Tú sabes que está fichao. Por eso es que, en el gobierno, tiene bola negra; pues to' el que se pone en contra de los gringos, la lleva perdía. ¡Dispués de tanto sacrificio pa' estudiar; y de las recomendaciones! La entrá a la Universidad y la ayudita se la consiguieron por que tú perteneces al partido; y por que yo, tu compay, soy el comisario 'e barrio. El Senador Mora Ríos, jamás te ha perdonado lo de tu hijo; él piensa que fue culpa tuya; es más, ha dao a entender que


—¡Carmelo!, interrumpió su esposa, que entraba a la sala con un bolso de compras arrugado donde había acomodado cuidadosamente alguna comida, papel sanitario, maltas, jabones, toallas y una frazada, para el hijo que se encontraba hospitalizado.
—Mira mujer, ve tú sola. Yo iré la próxima vez. Tengo que… —la decisión era muy dura, pero, él era responsable de mantener al resto de la familia; y él sabía …
Con una tristeza muda, de persona vencida, ella asintió con un movimiento de cabeza casi imperceptible. Al marcharse no pudo reprimir una mirada de disgusto hacia Moncho; no por Moncho en sí, ya que hacían más de quince años que eran compadres, sino por lo que éste representaba.

*****
—Ya ve compadre, cómo se arreglan las cosas. ¡Lo contento que estaba el ayudante del alcalde, hasta me preguntó si todavía le hacía falta el camión con la tierra que le había prometido el año pasao! ¡Aproveche compay el rellenito pa'l solar!, que a la gente es buena cogerla cuando está de boya.
Carmelo no contestó. Su mente se hallaba distante. Eran las once y media de la noche. La reunión se había extendido más de lo acostumbrado. Pensaba en su mujer «Ya debería de haber regresado. Mañana, !mañana iría a visitar a Fernando aunque hubiesen veinte reuniones!» Carmelo tenía cuatro hijos, pero la mayor parte del tiempo pensaba en Fernando, que estaba hospitalizado, o en César. César por ser el mayor, el que estudió en la Universidad. Al que tenían fichado como subversivo por ser miembro del Partido Socialista; que, aunque oficialmente no era ilegal, sus miembros eran, para todos los efectos prácticos, considerados como fuera de la ley. —¡Diantre! —Se interrumpió a sí mismo —Los pequeños no me dan problemas.
—¿Qué le pasa compay?
—Nada, nada, musarañas que se le meten a uno en la cabeza. Su corazón sintió una sacudida al ver vecinos reunidos frente a su casa. Un frío intenso le corrió por la espina dorsal. Quiso hablar, pero, su lengua permanecía muda; no solo su lengua, sino sus ojos, manos y cuerpo se negaban a obedecerle. Con voz temblorosa Moncho le incitó a seguir caminando, halándolo suavemente, con el brazo extendido sobre su hombro. El aullido de una sirena añadió un toque de terror e incertidumbre. La ambulancia se ubicó frente a su hogar. Carmelo corrió hacia la casa. El rojo reflector parpadeaba en la cara de los presentes. Se escuchó la voz de uno de los camilleros: —¡Ya es tarde!, avísale a la estación…
Su compañero asintió con la cabeza, apagó el reflector y transmitió el mensaje por radioteléfono. Una vecina, entre lágrimas, le relató lo ocurrido:
—¡Ay!, ¡Ay!, ¡Doña Petra se nos murió!, ¡Ay! Don Carmelo!, ¡Se nos murió! ¡Su hijo está… ¡Ay!, su hijo… ¡también está muerto!

—Sacando fuerzas de cada una de sus células, de cada átomo de su ser, Don Carmelo, le dijo con increíble aplomo, casi con resignación: —Cálmese, cálmese y cuénteme que pasó.
—Su doña llegó cansada del Centro Médico; como yo sé lo que son esas cosas; le tenía separada una cacerolita de sopa, de una gallinita del país, que me trajeron los nietos. Cuando la vi llegar, se las traje. Me dijo que no tenía apetito; pero, yo insistí hasta convencerla. La estuve observando mientras comía; estaba más triste que nunca; y más cansada. Pensé preguntarle por Nando; pero, no quería entristecerla más. Ella adivinó mis pensamientos; y me dijo que Nando estaba peor; que el tratamiento no le había resultado; que los médicos habían perdido toda esperanza. Traté de consolarla. Tuve miedo al verla así; tan pálida, con los ojos hundidos … Entonces, llegó la mala noticia. No. No fue de Fernando, sino de César. ¡Lo mataron de un tiro, unos agentes federales, al resistir un allanamiento en la imprenta, donde tiran ese periódico que él se pasa vendiendo por ahí. La noticia la trajo Tabo; él quería hablar con usted; lo había esperado afuera por más de una hora; ella lo notó nervioso; y tanto estuvo pidiéndole que le diera el recado que, el muy bruto, se lo dijo. ¡Ay! Ella se sentó en la silla y… ¡Ay! ¡Ay … ! ¡Ay … !

Don Carmelo se dirigió silencioso hacia el lugar donde, los vecinos, habían colocado los cuerpos, acostados sobre una cama plegadiza, entre dos velas encendidas. El resplandor de las velas, junto a la escasa luz de la pequeña bombilla que alumbraba la sala, daba a ésta una visión espectral. Eran las cuatro de la tarde. Los cadáveres reposaban en el centro de la sala. Los niños gimoteaban junto a los mayores. Familiares y vecinos hacían los preparativos para el acostumbrado velorio. Don Carmelo, estaba sentado con la mirada fija en los cuerpos; completamente mudo; sin llorar, ni moverse; sin que su rostro reflejara tristeza. Había estado así varias horas; sólo la respiración entrecortada y su mirada, melancólica y fija,indicaban que estaba despierto. No le afectaba el ir y venir de los presentes, los comentarios de éstos, ni los ruidos de la calle.
Moncho se le acercó. Venía rojo de la ira. —¡Maldito sea! Compadre, hay una gente allá fuera… de Energía Eléctrica. Dicen que hace dos meses que usted no paga por el servicio... ¡Desgraciados!; que ellos reciben órdenes; que lo sienten mucho, pero,… ¡Compadre, esos hijos de … le van a cortar la luz!

Carmelo permaneció callado; ni lo oyó tan siquiera. Su mirada fija no percibió cuando las bombillas de la casa se apagaron. No escuchó las protestas, ni las maldiciones que gritaban los vecinos. Pues, su luz interior hacía varias horas que se había trocado en tinieblas.

Noviembre de 1975.


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