cuentosEl reo

©Andrés Díaz Marrero

Narrativa breve
Cuentos de Puerto Rico

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El sacerdote terminó de decir sus últimas palabras. El esclavo vio claramente la señal dada al verdugo; y en ese instante, en esa condensación milagrosa en que el tiempo aparentemente se detiene, en esa brevedad que es umbral de la dimensión de la muerte; el esclavo retrocedió más allá de su propia existencia. "Vio a los negreros arrasar la villa de sus antepasados; chozas en llamas, hombres asesinados, niños arrebatados del seno de sus madres… Los vencidos yacían en el suelo junto a viejos y lisiados; los ‘vendibles’ fueron separados; y luego procedieron al exterminio de los que carecían de ‘valor en el mercado’. A la agonía de los que iban bajo la cadena se añadía el olor de los cuerpos que empezaban a quemarse y el terror de un mundo que se deshace en dolor y llamas."

tres segundos
La compuerta cedió bajo sus pies. Sintió la náusea que acompaña un súbito descenso; sus músculos se contrajeron y un amargor de bilis se le desparramó en la boca, como un cordón amargo, desde la punta de la lengua hasta la última célula estomacal. Acudió a su memoria la estrecha bodega: "Los cuerpos semidesnudos, uno encima del otro, domándose en las cadenas. Por las mañanas un blanco los inspeccionaba, sacando a los enfermos. —¡Limpien la cubierta! -gritó el capitán, y tras un mudo forcejeo caían los cuerpos al agua. A veces la tripulación se divertía viendo a los tiburones saciar su incesante apetito."

cinco segundos
Su cuerpo descendía hacia un vacío inmenso. Sintió correr el nudo y con ello el aumento de la presión de la soga en el cuello; el aire comenzó a faltarle; y prosiguió su visión fantasmal: "Un dolor desgarrador le llegó al alma al sentir la quemadura del carimbo; mas en protesta viril tragó su grito; que siguió retumbándole por entre sus vísceras y se asomó silencioso, líquido, por sus ojos color azabache". Contemplaba la estampa de su abuelo, que no entendía español, pero, al que los españoles le comunicaban sus ideas a través del carimbo y el látigo. "Carimbo, látigo… y superpuesta en la visión la imagen del rostro de su madre, atemorizada, ante el reclamo sexual del amo. Su padre, hasta entonces domesticado, apacible, se abalanzó con ira sobre el amo; le arrebató el revólver que había desenfundado, y comenzó a golpearlo enloquecido. Entonces, se escuchó el griterío de los esclavos. Una de las mujeres exclamó: —¡por Dios, Simón que lo matas! —Otro de los esclavo se abalanzó sobre mi padre machete en mano. Simón, se quedó estupefacto al ver que un esclavo como él lo atacaba. El filo del machete, rasgándole el muslo, le devolvió el sentido de realidad… Su rival atacó nuevamente buscando el vientre. Con un giro rápido, Simón, esquivó la estocada, logrando asirle, con ambas manos, el brazo con que sujetaba el arma. Le dobló fuertemente la muñeca y éste la dejó caer. Para entonces le había aprisionado el cuello entre sus poderosos brazos. Mi padre escapó hacia los montes. El amo quedó inconsciente; con varias de sus costillas fracturadas y muerto el esclavo. El amo ofreció una recompensa; semanas después la pagó jubiloso, disponiendo se exhibieran los restos que dejaron los perros… Tenía algunos seis años cuando nos mudaron para un ranchito aparte. Allí nació mi hermano: mulato de ojos azules."



siete segundos
Sintió un cosquilleo bajándole por la espina dorsal y una agradable sensación en los testículos; seguido de un intenso calambre. La soga, habiendo llegado a tensarse completamente lo impulsaba hacia arriba por efecto de una tenue elasticidad. "Vio al cura echar agua bendita sobre la cabeza de su hermano, quien gritaba a todo pulmón, mientras le sujetaban sobre la pila de bautismo. Había aumentado de precio. Antes de bautizar su precio era de veinticinco pesos; ahora de cincuenta. —No acertaba a comprender aquel cambio atribuido al agua; le parecía agua ordinaria…

ocho segundos
La sangre se agolpaba alrededor de su cuello, su rostro se tornaba lívido por la estrangulación.
"A los doce años fuimos comprados por el señor cura. Nos encargaron de ayudantes de una esclava propiedad de la iglesia. Los sábados recibíamos lecciones de catecismo. Junto a la doctrina aprendimos a leer y a escribir. Cierto día escuché voces en la parroquia. Me atrajo el tono agrio de la discusión.
—¡El hombre no ha nacido para ser esclavo; todos hemos sido creados libres por el Señor!
—¡Bah! Es natural que haya amos y esclavos, es parte de la naturaleza humana …
—No creo que Dios haya hecho a los hombres para que se esclavicen unos a otros.
—Si buscas en las sagradas escrituras encontrarás la respuesta, hijo mío; en ellas se menciona claramente la obediencia del esclavo para el amo; esto es un claro indicio de que Dios acepta la esclavitud como algo necesario; como un proceso.
—¡No puede ser!
—Hijo mío, Nuestra Iglesia ve en la esclavitud un mal necesario…
—Usted interpreta mal; la iglesia debe revisar su posición.
—¡Pero hijo…!
—¡Interpretar las escrituras de esa manera es pura hipocresía!
—¡Jesús, María y José! ¡No blasfemes!
—No he querido ofenderlo, señor cura, pero veo en la esclavitud la antítesis del Cristianismo; la máxima degradación del ser humano; la verdadera maldad contra la cual se predica...
La discusión había sido larga; se habían citado y contracitado tratados, libros, versículos bíblicos y doctrinas. El sacerdote puso fin a la extensa conversación con un inusitado buenas noches. Segundo, se despidió cortésmente. Tan pronto el visitante abandonó la parroquia el sacerdote envió por el alcalde.
—Hombres como Ruiz Belvis son peligrosos; están llenos de ideas subversivas; ateas. Debería estar en la cárcel o en el destierro.
—No se preocupe padre -respondió el alcalde -lo tengo bajo vigilancia; el Gobernador está completamente informado. Precisamente, esta noche tenemos reunión… Usted sabe… vecino leales y de mucho respeto. Discutiremos también este caso. De un momento a otro… ¡Vera usted…!"


nueve segundos
Los pulmones parecían globos a punto de estallar. Su corazón en vano trataba de latir. Sentía la presencia de la muerte.
"El levantamiento había tomado auge; aprovechando la ausencia del amo copamos las armas y con ligeras bajas tomamos la hacienda. Sabíamos que una vez enterado, el amo vendría con ayuda del vecindario blanco y tropas de la guardia civil. Por otro lado, las campañas secretas realizadas entre los esclavos de la finca vecina, la más grande del Toa, nos aseguraba refuerzos. La lucha era cuesta arriba, pero existía la posibilidad de un envolvimiento total de la población negra de la isla. Desgraciadamente, un negro liberto llamado Hermenegildo Barbosa nos delató. Aliado a la Guardia civil reunió a los atemorizados esclavos y nos enfrentaron en una lucha fraticida. Sólo tres logramos sobrevivir. El resto de los sublevados fue exterminado bajo el machete de nuestros propios hermanos. El amo hizo descuartizar a nuestro acompañante. Se nos amputó la mano derecha; y fuimos condenados a pan y agua por diez días en calabozo. Mientras que él pregonaba el perdón de nuestras vidas como un acto de caridad cristiana; achacaba nuestro levantamiento a nuestra ignorancia juvenil y a las diabólicas ideas de algunos isleños enemigos de España."

diez segundos
"—Hermano —me dijo al cabo de dos días de encierro.
—Sabes que no le tengo miedo a la vida; mucho menos a la muerte. He estado pensando…
Un escalofrío me sacudió al sentir su mirada.
—Debemos morir. ¡Hemos sido humillados con el perdón! Perdón que no es otra cosa que desprecio. Se falsifica el odio para utilizarlo contra los nuestros. El perdón es la muerte de nuestra lucha… es aceptar la impotencia…, admitir la superioridad del blanco. No. ¡ No; y no… ¡no es posible…
—¡No le hemos pedido clemencia!
—¡Y qué! Nos quiere vivos como símbolo de la derrota. ¡Vivos somos el arma más terrible contra los nuestros!
—¿Entonces?
—¡No hay alternativa!
—¿Que haremos?
—¡Mátame!
—¿Y?
—Serás condenado a muerte.
—¿Ahorcado… públicamente?
—¡Sí! "

Después de haber tratado en vano, y por octava vez, de salvarle el alma; el sacerdote decidió decir, al menos, una oración por el reo. Al terminar su rezo, asintió con la cabeza en señal de que había terminado. El verdugo abrió la compuerta del cadalso y el hombre sintió el mundo ceder bajo sus pies.
—Hemos hecho justicia —sentenció el alcalde.
—El Señor tenga misericordia de su alma —murmuró el sacerdote.
La brisa columpiaba suavemente el cadáver.


Este cuento está basado en un hecho recogido en la biografía: José Celso Barbosa Un Hombre de Pueblo, escrita por Antonio S. Pedreira y publicada por el Instituto de Cultura Puertorriqueña. Hermenegildo Barbosa, abuelo del Dr. José Celso Barbosa, fue un negro liberto que delató a los esclavos participante de un levantamiento en Toa Baja.


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