cuentos

Perritos héroes

Cinco perritos, segunda parte
©Andrés Díaz Marrero

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Teatro infantil y juvenil
Poemas infantiles

Hoy comienza el receso de Navidad. Ahora que tengo libre, pues no regreso a la escuela hasta mediados de enero, aprovecho para contarte lo que pasó con
Campanero. como te había dicho éste había sido adoptado como mascota de la
estación de bomberos. Allí lo mimaban y cuidaban. Dormía sobre las mangueras de apagar incendios y tenía el buen hábito de hacer sus necesidades en el lugar que, para ello, le habían asignado. Aunque ladraba fuerte no lo hacía a menudo. En los cambios de turno recibía a sus amigos bomberos con pequeños brincos y un alegre meneo de cola.
En nuestro pueblo, gracias a Dios, reina la tranquilidad y casi no ocurren sucesos desagradable. La mayor parte de los incidentes son animalitos que se han subido a donde no se pueden bajar o que han caído en algún hoyo de donde no pueden salir. En uno de esos días, en que yo estaba en clases, si mal no me acuerdo, repasando para el examen de matemáticas que nos darían el próximo día, escuché la sirena del camión de bomberos. Mis compañeros que también la habían escuchado se habían puesto de pie y se había acercado a las ventanas para mirar lo que pasaba. El maestro iba a llamarles la atención, pero como era una rareza escuchar en nuestro pueblo la sirena y campana de los bomberos,
optó por también acercarse a una ventana para mirar. El camión de bomberos había doblado hacia la derecha y ya no podíamos verlo. Pero, de donde estábamos observamos una columna de humo gris y negra que salía de alguna residencia. ¡Es un fuego de verdad! exclamó un grupo de estudiantes. El maestro asintió con la cabeza. Al salir de clases casi todos los estudiantes  fuimos al lugar donde había ocurrido el fuego. Por suerte, los
bomberos pudieron evitar que el fuego consumiera la casa. Solo se quemó un
dormitorio y parte de la sala.
Los vecinos comentaban sobre el bebé que se salvó. Fue un acto de verdadero
heroísmo, casi increíble. Apenas había llegado los bomberos cuando escucharon
gritos. ¡mi bebé! ¡mi bebe! gritaba la madre desconsolada mientras corría hacia el fuego para buscarlo. Campanero en un cerrar y abrir de ojos, había brincado del camión y con la fuerza de su carrera tumbó a la madre, y con una rapidez asombrosa sin temer al peligro penetró en la casa, llegó hasta el dormitorio, se trepó en la cama donde se encontraba el bebé, que por tener pocos días de nacido todavía no se volteaba, y lo haló por la cota con sus dientes. Ambos cayeron al piso. Campanero siguió halándolo hasta llevarlo cerca de la puerta del balcón donde ya los bomberos habían penetrado. Después, según escuché en las noticias, el bebé solo sufrió algunas magulladuras, ninguna grave. En la televisión mostraban una foto de Campanero, el perro héroe.

Al otro día, cuando salí de clases, fui a la estación de bomberos a ver a Campanero. Lo encontré bien, aunque tenía un fuerte olor a chamuscado y algunos pelos ennegrecidos.
No me equivoqué cuando dije que te contaría las cosas sorprendentes que estos cachorros hicieron.
Sigo ahora con la proeza de Galán el cachorro que adoptó tío Francisco el policía.
Tío Francisco llevó a Galán al cuartel donde trabajaba y se lo presentó a sus colegas. Les dijo que estaba dispuesto a cederlo como mascota. Sus compañeros se rieron. El sargento a cargo del cuartel con una sonrisa burlona en los labios le dijo que Galán no era un perro sabueso y que tampoco era un mastín o pastor alemán, de los que la mayoría de las personas conoce por perro policía o lo llaman por su nombre en inglés de German Sheperd. Y antes de escuchar lo que tío Francisco tenía que decir, añadió que en un cuartel de policía los únicos perros mascotas que se necesitan son éstos. Los demás policías asintieron con gestos. Tío Francisco los miró con incredulidad y tristeza.
Como empezaba su turno de trabajo tío Francisco le pidió a su jefe que le permitiera llevar a Galán en el coche patrulla hasta que concluyera su ronda. Le prometió que a partir del siguiente día Galán se quedaría permanentemente en su casa. El sargento dijo que sí. Después de haber escuchado unas breves instrucciones, cada uno de los policía se dirigió a su puesto de trabajo. Tío
Francisco y Galán apenas se habían acercado al auto patrulla cuando un hombre y una mujer entraron al cuartel. La mujer llorando y el hombre clamando por ayuda diciendo ¡Mi hijo!, ¡Mi hijo se ha perdido en el bosque, ayúdenme por favor! La mujer acentuó su llanto. El sargento le ofreció un pañuelo para que se secara las lágrimas. Ella es mi esposa y madre de nuestro hijo dijo el hombre. El sargento le pidió que explicara lo sucedido y el le contó que su esposa y su hijo había salido a pasear por las veredas del bosque. Le habíamos dicho que nunca se saliera de las veredas, pues todas ellas están rigurosamente marcadas y en ellas hay cabinas con teléfonos  para emergencias.
Fuimos a pasear por las veredas del bosque porque a mi hijo le habían regalado
una brújula y queríamos que tuviese la experiencia de verla funcionando en un
lugar amplio y con el mínimo de señales. Creo que en un descuido nuestro, él se
apartó de la vereda para comprobar la brújula. Lo estuvimos llamando y buscando sin éxito. Le comunicamos a las autoridades del bosque lo que nos había pasado y hemos venido hasta aquí por ayuda adicional. Pronto anochecerá y será más difícil localizarlo. Tiene solamente once años y es un muchacho tímido. Aquí traigo su bulto y la gorra que dejó antes de que se perdiera.

Tío Francisco le pidió permiso al sargento para acompañar al hombre hasta el lugar donde su hijo había dejado el bulto y la gorra. Quería ayudar a encontrarlo.
El sargento dio su aprobación y le asignó al policía Miguel para que los acompañara. El hombre le pidió a su esposa que se quedara en el cuartel, mientras tío Francisco, Miguel y él retomaban la búsqueda. El policía Miguel
ocupó el asiento del frente de la patrulla y el hombre el asiento de atrás junto a Galán.
En el camino Galán se puso a olfatear la gorra y el bulto del niño perdido.
Al llegar al lugar, no bien abrió la puerta el hombre para bajarse cuando pasando
por encima de su falda Galán se había bajado y comenzado a olfatear los
alrededores. Ninguno de los que lo acompañaban le dio importancia. Busquemos por aquí dijo tío Francisco señalando hacia el frente. Galán comenzó a ladrar. Todos se detuvieron y miraron a Galán que a lento trote se dirigía en dirección contraria. Al ver que no lo seguían Galán se detuvo y como veía que tío
Francisco lo estaba mirando comenzó a caminar lentamente deteniéndose a cada
ocho o diez pasos para ver si lo seguían. Quiere que lo sigamos dijo tío Francisco. Nos hará perder el tiempo replicó el policía Miguel. ¡Esperen! dijo el hombre, ese perro estuvo oliendo el bulto y la gorra en el auto patrulla. Pues vamos a seguirlo indicó tío Francisco y comenzaron a seguir a Galán bosque adentro. Unos veinte metros hacia la izquierda y luego aproximadamente cinco
hacia la derecha Galán se detuvo comenzó a ladrar a la vez que daba brincos cortos de uno a otro lado. Después se estuvo quieto como señalando con el hocico. El grupo que lo acompañaba vio que en el fondo de un pequeño declive estaba el niño. Al parecer había resbalado. Cuando se acercaron para tocarlo observaron que le faltaba un zapato, su pantalón esta rasgado y tenía el tobillo
hinchado. Entre el policía Miguel y tío Francisco hicieron una silla con las manos
para sacarlo de allí y llevarlo hasta la patrulla. Cuidadosamente lo sentaron en el auto y regresaron al cuartel. En el camino de regreso el policía Miguel llamó al centro de emergencias. Cuando llegaron la ambulancia los estaba esperando para llevarlo al hospital.
La noticia del suceso fue la comidilla del día en todo el pueblo. Un retrato de Galán y el niño rescatado apareció en la primera plana de los dos periódicos principales del país. Tío Francisco no quiso conceder entrevistas a los canales de televisión por que consideraba que lo único que había hecho era cumplir con su deber. El sargento a cargo del cuartel lo llamo para decirle que había cambiado
de opinión sobre tener a Galán de mascota. Tío Francisco le dio las gracias. Amablemente le dijo que Galán se quedaría en su casa, salvo que por alguna emergencia fuese necesario utilizar su servicio.
(3) Bonita y Tara

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©Andrés Díaz Marrero
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