Querido diario

©Andrés Díaz Marrero
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Querido diario, no se lo he dicho a nadie. No me lo creerían. Por eso he decidido anotar lo que me ocurrió en tus páginas. Fue ayer. Estaba sentada en la escalera de la cocina, en el segundo escalón, que da al patio trasero de la casa. No sé cómo mis ojos se fijaron en un grupo de florecitas que brotaban del pasto frente a mí. Eran pequeñitas, más pequeñas que la punta de mi dedo meñique. Tengo casi nueve años cumplidos y no las había notado antes, tal vez porque casi nunca me siento fuera de la casa tan cerca del suelo, o porque las hojas grandes del pasto las ocultaban. Tuve curiosidad por saber cuán parecidas eran a las flores del jardín de mi mamá, así que fui a buscar mi lupa, la que uso para ver los insectos pequeños en la clase de ciencia.

Con la lupa en mano me acerqué a una de las florecitas y vi que tenía cinco pétalos y un pistilo rodeado de estigmas llenos de polen; era una flor muy parecida a las que mamá cultiva, salvo su tamaño miniatura. ¿Y para qué sirven flores tan pequeñitas? Me preguntaba. Nadie las mira. Apenas se ven. Me recosté sobre el pie de la baranda de la escalera y me puse a pensar. ¿Serán estas las flores más pequeñas que existen en el patio? ¿Habrá algunas más pequeñitas aún? Entonces fue que ocurrió lo que deseo mantener en secreto. Primero escuché un pitido, y luego una voz que me llamaba desde el pasto.

—¿Quién es? —Pregunté —Soy Pirilín —me contestó.
—¿Dónde estás?
–Estoy debajo de las hojas de la flor. –me indicó la voz.

Aparté el pasto, miré bajo las hojas de la flor y no vi nada. Así que se me ocurrió usar la lupa para aumentar el tamaño de lo que veía. Y… ¡sorpresa!, allí estaba! Un diminuto hombrecillo, duende, enanito, gnomo, genio pequeño, o no sé qué. Vestía un mameluco blanco parecido al que usan los astronautas pero, en vez de un casco lucía un sombrero de paja sobre la cabeza.

—Contestaré tu pregunta, te enseñaré para qué sirven nuestras flores —dijo Pirilín, luego lanzó un pitido y un grupo de ocho o diez personitas aparecieron cargando una hoja mucho más grande que todos ellos. En el centro de la hoja había una gota de un líquido color púrpura.

—Bebe la gota —dijo Pirilín.

Cerré los ojos y sin pensarlo dos veces puse la gota sobre mi lengua, y no tuve que tragar pues la misma desapareció como por arte de magia. Al abrir los ojos me encontré rodeado de decenas de personas vestidas con mamelucos de diferentes colores, los varones usaban sobreros de paja y las hembras guirnaldas de flores en sus cabezas. –¡Qué rápido crecieron ustedes! —exclamé.

—Nosotros no crecimos, fuiste tú quien se volvió pequeña —me explicó Pirilín. Miré alrededor y vi decenas de seres del tamaño de Pirilín y algunos aún más pequeños, que supuse serían los hijos. Habían montado varias carpas hechas de hojas y bejucos. Dentro de ellas algunos trabajaban fabricando una sustancia gelatinosa de un delicado y agradable olor. Otros cargaban con dicha sustancia carretas tiradas por parejas de insectos con alas muy parecidas a las hormigas. Cuando llenaban la carreta la conducían hasta donde estaban las flores y depositaban en cada grano de polen de la flor un poco de aquella gelatina.

—¿Cómo se llama eso que le están untando a los granos de polen? –le pregunté a Pirilín.
—Nosotros lo llamamos fontamor. En nuestro idioma significa fuente del amor. –me contestó.
—¿Y para qué se lo untan? —pregunté

—La respuesta tiene que ver con la primera pregunta que hiciste cuando viste las flores pequeñitas. Preguntaste para que servían. Pues déjame explicarte, en primer lugar no existe lo grande o lo pequeño, existen diferentes mundos, tú nos ves pequeños porque estás acostumbrada al tamaño de tu mundo. El planetas Tierra es pequeñísimo si lo comparamos con el planeta Júpiter. Lo grande y lo pequeño tiene cada cual una función en el universo. La función de las florecitas es esparcir en el viento el fontamor que ponemos en su polen. El viento lo llevará por toda la tierra y los seres humanos al respirarlo sentirán el deseo de amar. El amor da sentido a la vida y es lo que mueve al universo. Ahora sabes para qué sirve la presencia de las florecitas, que aunque pocas personas las ven, diariamente ayudan a distribuir la esencia del amor en la humanidad.

¡Yo creía que!... Abrí los ojos y me encontré sentada en el borde de la escalera, con un ramo de florecitas en la mano. ¿Será cierto? No puedo asegurarlo. ¿Lo soñé? Tengo una seria duda… Como no me atrevo a contarlo, lo escribo en ti mi querido diario.


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