pajaritoFalta una pluma
en mi cola

©Andrés Díaz Marrero
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Riki, había desarrollado una estupenda habilidad para volar. Podía girar hacia la izquierda o a la derecha en menos de un segundo y hasta volar al revés, es decir con las patas hacia arriba. Le gustaba bajar en picada a toda velocidad y cuando sus alas estaban a punto de tocar el suelo volver a elevarse. Podía hacer las más arriesgadas piruetas y volaba con tanta velocidad y precisión que se convirtió en el favorito de la bandada.

La admiración y el reconocimiento de sus amigos y familiares lo llevaron a ser un pajarito engreído. Le gustaba presumir de sus habilidades y se creía el mejor de todos los pájaros. Se creía tan grande y poderoso, que consideraba que las cosas que le rodeaban eran pequeñas y sin importancia.

—Esta tarde será la competencia. Vendrán pajaritos de lugares cercanos a competir. Sin duda ganaré otra vez, como lo he hecho las veces que he participado. —se dijo.
La competencia se celebraba una vez al año, consistía de un vuelo en el cual había que llegar hasta la Sortija de la Victoria, un reluciente aro de oro, que el pajarito ganador tenía que ensartar con su pico en el primer intento y regresar con él al punto de partida.

Al ganador o ganadora se le ponía una bella corona de rubíes en la cabeza, se le nombraba rey o reina por un día, y se le agasajaba con regalos y con muestras de afecto.

Riki comenzó a acicalarse, limpió su pico, las uñas de sus patas y cada una de las plumas de sus alas. Al llegar a las plumas de la cola removió con desprecio a la más pequeña.


—¡No necesito plumitas!, y menos ésta que está en el mismo centro de mi cola. —refunfuñó.

Antes de salir hacia donde se llevaría a cabo el evento, se miró en el espejo y dijo en voz alta —no sólo soy el más hábil y veloz sino también el más elegante de todos. ¡En verdad soy especial!

Esa tarde había muchos competidores, pájaros de todos tamaños y edades se aprestaban a participar. Todos esperaban a que el juez diera la salida. Se oyó un silbato, y el juez bajó la bandera dando comienzo al evento. Cientos de pájaros levantaron vuelo.

Riki, volando en línea recta, con su rapidez impresionante, había tomado la delantera. Al acercarse a la primera curva y ver la gran ventaja que llevaba sonrió y se dijo —¡Esto va a ser más fácil de lo que yo creía!

Entonces intentó voltear en la curva y... su cuerpo comenzó a girar sin control. Tuvo que reducir la velocidad y hacer un aterrizaje forzoso para evitar estrellarse. Para entonces, la mayoría de los competidores lo habían sobrepasado, y una hermosa Reinita Mariposera regresaba con la Sortija de la Victoria en el pico.

La pequeña plumita, la que él había removido, era la responsable, pues al igual que las aletas en el timón de cola de los aviones, ésta era necesaria para mantener el equilibrio en los virajes. Riki, se dio cuenta muy tarde.

—He recibido una gran lección. La importancia de las cosas no es por su tamaño. La vanidad ciega y no vemos nuestros errores. Voy a cambiar mi conducta, comenzaré felicitando a la reinita ganadora y celebrando junto con los demás su victoria. –se dijo, y añadió: —Después de todo, ¡hoy yo también he ganado!


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