abeja Alitas

©Andrés Díaz Marrero
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A volar, a volar,
vamos todas a volar,
de las flores buscaremos
y traeremos rico néctar
que deleita y refresca el paladar.

Érase una abeja que había nacido hembra, peluda, blancuzca, y más pequeña que la reina, como nacen todas las abejas obreras. Pero ésta, sin quitarles méritos a las demás, había nacido con el don de la simpatía. Sus compañeras la llamaban Alitas, porque tenía las alas pequeñas. Su cuerpo era también un poco más pequeño que el de sus amigas, pero ninguna se atrevía a mencionarlo porque Alitas era la consentida de la colmena.

Cuando sus amigas escuchaban un impresionante batir de alas, sabían que ella estaba cerca, pues aunque sus alas eran pequeñas, lograba moverlas a una velocidad tal que hacía temblar el piso de la colmena. En más de una ocasión, recibió la mirada fija de la reina, señal de que tenía que controlar sus alas. Ella enseguida obedecía, pues, era muy respetuosa.

Las abejas obreras son muy trabajadoras. Las cereras, construyen los panales con cera; las nodrizas, producen jalea real y las guardianas, protegen a la reina y a la colmena. Alitas no fue escogida para nodriza, ni para cerera, ni para guardiana; por tener las alas pequeñas. Pero, como era tan simpática la dejaban ayudar en lo que ella quisiese.

Donde hiciera falta ayuda, ¡allí estaba Alitas! Había que ver con qué alegría ayudaba a las nodrizas a repartir la jalea real y a las almacenadoras a recibir y guardar el polen recolectado. O escucharla cantar a coro con las abejas limpiadoras, mientras juntas aseaban los panales. ¡Y cómo bailaba y hacía piruetas!, cuando se ofrecía de voluntaria para llevarles la cena, de pan de abejas, a las guardianas.

—Mañana saldré a recolectar polen y néctar. — Escuchó la voz de su amiga Bombi, quien se le había acercado, moviendo patitas y alas con mucho entusiasmo.
—¡Qué bueno! Debes estar muy contenta.
—Lo estoy, pero... también me siento un poquito asustada.
—No te apures, eres hábil y muy lista, todo te saldrá bien.
—Es que será la primera vez. Nunca he trabajado como recolectora y es por eso que tengo un poco de temor.
—No te preocupes, le pediré a la reina que me permita ir con el enjambre.

Así podré acompañarte. Ya verás cómo nos vamos a divertir.
—Pero a lo que vamos es a trabajar.
—Lo sé. Lo que pasa es que todo trabajo es divertido cuando se hace de buena gana.
—¡Cierto! Mañana nos espera una gran aventura. Iré a preparar mis cosas para el viaje.
—Y yo, a pedir permiso para acompañarte.Al día siguiente, las recolectoras levantaron vuelo. Bombi y Alitas iban muy contentas. El enjambre parecía una nubecita de alas en forma de cuña. El campo olía a flores y a agua fresca. La abeja líder realizó una danza para señalar al enjambre la distancia y la localización de las flores.
—Son flores de azahar. —Comentó Alitas.
—¿Flores de qué?
—Flores de azahar, son las flores del naranjo. Tú sabe, las flores de los árboles de chinas.
—Pero, dijiste flores de naranjo.
—A la china, en otros lugares, la llaman naranja dulce. —Le respondió Alitas.
—¿Cómo tú sabes todas esas cosas? —Preguntó Bombi, sorprendida.
—Lo aprendí de las abejas limpiadoras. Me gusta trabajar con ellas, por lo cuidadosa que son y porque siempre dejan todo limpiecito y en su lugar.

La abeja líder llamó la atención del enjambre con nuevos movimientos. Con ellos daba instrucciones sobre la tarea que a cada una de las recolectoras le correspondía llevar a cabo. Zumba que te zumba, después de haber trabajado con ahínco, el enjambre emprendía el vuelo de regreso. Las abejas volaban contentas, felices con la carga de néctar y polen que habían recolectado. De pronto, casi a medio camino, les sucedió algo inesperado. Grises nubarrones oscurecieron la tarde y el viento comenzó a soplar con fuerza. La abeja líder dibujó un círculo en el aire, seguido de un corto vuelo vertical en forma de zigzag, luego retomó el vuelo horizontal en dirección a una cueva cercana. Las demás abejas habían entendido el mensaje de esta nueva danza, con ella pedía que la siguieran, pues, las llevaría a un refugio seguro. Apenas hubieron entrado a la cueva escucharon los estallidos de los truenos y vieron cómo se alumbraba, con el destello de los relámpagos la tarde, que ya era negra como la noche.

Un copioso aguacero de gruesas gotas comenzó a repicar sobre las hojas de los árboles, para luego deslizarse como canicas transparentes hasta el suelo. Allí de golpe se deshacían en furioso chisporroteo salpicando todo lo que encontraba a su paso.
El enjambre se había posado sobre una estalactita que colgaba del techo de la cueva. La abeja líder pasó lista para saber si alguna de las abejas se había extraviado. Todas estaban presente. Luego, con el mismo tono de voz, agradable y firme, se dirigió a sus compañeras:
—Hemos logrado recolectar polen y néctar según lo acordado. Todas nos hemos puesto a salvo de la tormenta refugiándonos en esta cueva. Los ventarrones han cesado y muy pronto dejará de llover. No obstante, aunque quisiera, no puedo regresar con ustedes. Mis alas se lastimaron con la lluvia y la fuerza del viento, mientras velaba para que ninguna de ustedes se extraviara.
—Pero, ¿quién nos guiará de regreso? —Preguntó azorada la abejita Bombi.
Al fondo se escuchó el inquietante murmullo de sus compañeras, repitiendo como un eco, unas a otras la misma pregunta. La abeja líder no tenía una contestación. Un silencio de temor y dudas se adueñó de la concurrencia.

Alitas, se dijo a sí misma: —Sin néctar y polen no habrá alimento. Sin alimento, todas moriremos, las que se quedaron trabajando en la colmena y las que hemos salido a recolectar. Sin darse cuenta, comenzó a mover con fuerza sus alas. La cueva se estremeció. El potente batir de alas, fue tan fuerte que hizo que sus compañeras se olvidaran del temor y las dudas.

—¡Alitas, puede! —Gritó con alegría Bombi, a la vez que miraba a la abeja líder en busca de aprobación. La abeja líder movió sus antenas en señal de consentimiento. El resto aplaudió con entusiasmo. Alitas, la abeja más pequeñita de la colmena había sido seleccionada para guiar al enjambre de regreso. Alitas cumplió cabalmente su encomienda. No sólo trajo a las recolectoras de regreso a casa sanas y salvas, sino que con el permiso de la reina organizó un grupo para ir al rescate de la abeja líder que se había quedado en la cueva. Rescatada, la abeja accidentada venía muy contenta, colgando de varios hilos con los cuales sus compañeras la sostenían en el aire. Esa tarde fue de baile, canciones y un banquete de rica miel.

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