Historia de dos árboles
(y muchas hormigas)

©Ileana Díaz Rivera 2007
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Frente a la casa de don Felipe había dos árboles plantados. Uno de ellos era un roble grande, robusto, con hojas hermosas y flores en sus ramas. Este árbol robusto, de hojas hermosas y flores en sus ramas, disfrutaba cuando el viento juguetonamente le acariciaba las hojas, y aprovechaba para lucir su hermosura a los demás.

A poca distancia se encontraba un pequeño arbolito de flamboyán, débil, flaco, y con pocas hojas. Triste porque apenas recibía la luz del sol. Las ramas del árbol grande no se lo permitían.

Todos los días, con su voz potente, el roble, exclamaba:
—¡Qué bello soy! ¡Alto y fuerte, gracias al sol que me ilumina!—

Cuando el árbol pequeño escuchaba los elogios que el roble se daba a sí mismo, se entristecía aún más. Él no podía decir lo mismo, pues apenas recibía la luz del sol y cada día se ponía más débil.
—Quisiera ser tan hermoso y fuerte como tú— le decía el pequeño flamboyán al roble, y con voz tímida añadía. —Si pudieras apartar tus ramas un poco y permitirme recibir aunque sea un rayito de sol, ¡te lo agradecería tanto!—

Pero, el roble no podía escucharlo porque la voz del arbolito se desvanecía con el ruido del viento que chocaba con sus hojas. Además, el roble era tan alto que el sonido de la voz del pequeño apenas le llegaba.

Las hormigas que trabajaban cerca escuchaban a diario la súplica del flamboyán. Precisamente había un hormiguero entre ambos árboles. Un día el árbol pequeño escuchó una vocecita que le dijo:
—Entiendo lo que te pasa, pues también soy pequeñita— Desde que nací mis compañeras me han cuidado y ayudado a crecer, y sabes qué, yo te ayudaré a ti.—

La hormiguita acudió a la hormiga líder y le contó el problema del arbolito.
—¡Esto no lo podemos permitir!— La hormiga líder le respondió. Y se trepó en el tope del hormiguero, puso sus patas alrededor de su boca y con voz fuerte llamó a reunión a las demás hormigas.

¡Atención compañeras! — exclamó la líder.
Las hormigas se aglomeraron para saber de qué se trataba. La hormiga líder le explicó a sus compañeras el problema del arbolito, luego les preguntó:
—¿Ayudaremos a nuestro amigo?
—¡Sí, sí, sí!— todas contestaron a coro—

Del grupo se escuchó una voz que sobresalía diciendo: —¡No podemos cruzarnos de patas y esperar que se debilite más!—
—¡Es cierto, es cierto!, —afirmó el grupo.

Las hormigas acordaron un plan. Al amanecer del día siguiente visitaron al arbolito y le dijeron:
—Sabemos cómo ayudarte a recibir la luz del sol. Has sido un buen vecino, y aunque flaco y débil, siempre nos has permitido subir a ti para buscar alimento. En cambio nuestro vecino, el roble, nunca lo ha permitido. ¡Esta tarde te daremos una sorpresa!—

Las hormigas se habían reunido discretamente al pie del árbol grande poco antes de que Don Felipe regresara del trabajo. Ellas habían calculado el tiempo exacto que les tomaría subir al roble y sorprenderlo.

—¡Ahora!— se escuchó la orden de la hormiga líder.

Las hormigas subieron rápidamente al roble, que no estaba acostumbrado a tal visita. Las patitas de las hormigas corriendo sobre su tronco y sus ramas le causó muchas cosquillas; así que comenzó a sacudir fuertemente sus ramas justo en el momento en que llegaba Don Felipe, del trabajo, y, ¿adivinen lo qué sucedió? Don Felipe al bajar de su carro pasó por debajo del roble y algunas de las hormigas le cayeron encima. Las otras corrieron reunirse al final de las ramas del árbol, según el plan que habían trazado. Entonces la hormiga líder volvió a ordenar:
—¡Brinquen!—

El resto de las hormigas se lanzó sobre Don Felipe, y aunque sólo una de ellas lo picó, se le escuchó decir.
—¡Ay, ay, ay, las hormigas me están picando!—

Don Felipe se sacudía las hormigas que le corrían por el cuerpo. Pero sentía que más y más hormigas le caían sobre la cabeza, hombros y espalda. Alzo la vista y miró las ramas del roble y vio que las hormigas caían de allí.
—¡Ah, están en las ramas!, ¡Tengo que acabar con ellas!— Exclamó furioso.

Fue a la casa a curarse las picadas, luego regresó con unas enormes tijeras y comenzó a podar las ramas donde estaban las hormigas. Cuando las ramas tocaban el piso, las hormigas que se hallaban en ellas corrían a esconderse en su hormiguero.

Cada vez que una rama era podada el árbol pequeño recibía un rayito de sol. Inmediatamente sintió que cobraba fuerzas. La alegría lo invadía y no paraba de reír. Sus hojitas se abrieron para recibir el calorcito de la luz. Suspiró y dijo
—¡Por fin tengo luz solar! ¡Ahora creceré y recuperaré mi salud!, —exclamó con regocijo.

Y así sucedió, pues, al transcurrir el tiempo creció y se hizo tan hermoso como su vecino.
Don Felipe estaba contento porque ahora tenía frente a su casa dos árboles preciosos que refrescaban el aire y le daban sombra a su hogar. El roble aprendió a pensar también en los demás, y el vistoso flamboyán, de hermosas flores coralinas, que una vez fue pequeño, entendió lo importante que es buscar ayuda cuando se necesita. Las hormigas por su parte, estaban orgullosas por haber ayudado y visitaban ambos árboles a menudo. Así, convivieron todos juntos como buenos vecinos.

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