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Hace mucho tiempo existía un
lejano lugar en donde nadie dormía. Ni grandes ni
chicos, ni varones ni hembras dormían. En fin, lo
que se dice nadie. ¡Nadie dormía! Durante el
día los mayores trabajaban y los más chicos
estudiaban y jugaban como es costumbre. Al anochecer se
sentaban o se acostaban a descansar, pero, eso sí,
sin dormir un sólo instante, porque a pesar del
cansancio no lograban hacerlo.
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El tiempo de la noche lo pasaban conversando. Los adultos
eran más conversadores que los niños, que
por haber jugado mucho durante las horas del día
sólo sentían deseos de tararear alguna que
otra canción. Así que, tanto los mayores
como los chicos, terminaban con un enorme aburrimiento;
bien sea mirando al techo o contemplando fijamente la
triste superficie de las paredes. Los adultos terminaban
hinchados de silencio; porque después de hablar,
hablar y hablar se les cansaba la lengua y las palabras se
negaban a salir de sus bocas. Todo esto ocurría en
el transcurso de la noche. Y como sabemos que
detrás de cada día llega la noche, bien
podemos imaginar como se sentían.
Cierto día, los vecinos, decidieron consultar su
problema con doña Esperanza; quien vivía al
otro lado de las montañas. Ella, al contrario de
sus vecinos, a la llegada de cada noche, dormía con
placidez. Aunque, a decir verdad, no sabía
cómo lo lograba; ni podía explicarlo.
doña Esperanza tenía fama de ser la abuela
más sabia de aquella región. Ya que,
había adquirido su sabiduría del mucho
tiempo que había vivido, de los buenos libros que
leía y del contacto directo con la naturaleza. Ella
se pasaba estudiando la vida de los pájaros, las
costumbres de los animales y el uso de las plantas
medicinales para conservar la salud. Luego de haber
escuchado la preocupación de sus amigos, como no
sabía la respuesta se propuso encontrarla. Por tres
noches consecutivas se retiró al campo. Allí
en la tranquilidad y recogimiento que éste
ofrecía, estuvo observando a los animales para ver
como pasaban las noches sin aburrirse. Descubrió
que cuando éstos iban a descansar buscaban un lugar
cómodo, se echaban en él y cerraban los
párpados. De esta forma pasaban la noche con una
dulce serenidad.
Doña Esperanza le llevó la noticia a sus
vecinos; quienes, luego de escuchar su explicación,
le prometieron que a la hora de retirarse buscarían
un lugar cómodo y cerrarían los ojos, tal
como ella les había indicado. Así lo
hicieron. Pero, no se les quitó el aburrimiento.
Cada uno estaba igual que al principio, soberanamente
aburrido, con la diferencia de que, esta vez, lo estaban
con los ojos cerrados. Apenas hubo madrugado, los vecinos
fueron al hogar de doña Esperanza y le contaron lo
que les había acontecido. doña Esperanza
regresó al campo a observar nuevamente a los
animales mientras dormían. Trató de hablar
con los que tenían los ojos cerrados, pero algunos
ni siquiera la oyeron de lo dormidos que estaban; otros se
despertaron enfadados por haberles sido interrumpido el
sueño. Se disculpó con ellos. A los que no
se enfadaron les hizo varias preguntas, pero ninguno pudo
explicarle cómo era que cerrando los ojos lograban
evitar el aburrimiento. Para no incomodar a los que
volvieron a cerrar sus párpados, y, para no
despertar a los que no la escucharon la primera vez, se
alejó despacito y silenciosa del lugar.
Caminó hacia la ribera del río, y
allí se sentó a meditar.
Fue entonces, cuando vio la lucecita de un cocuyo, y
escuchó la voz más dulce que en su vida
había escuchado.
-Yo tengo la solución a tu problema- le dijo el
cocuyo.
-Me sentiría feliz si me la dijeras; pues, con ella
mis amigos se pondrían muy contentos.
-La felicidad más grande es la que se consigue
haciendo feliz a los demás. La felicidad es como mi
lucecita; que brilla más cuando los niños
buenos y los adultos nobles me miran con cariño.
-Pero, ¿y la solución?
-¡Ah!, ¡sí, La solución! Bien,
la solución es poseer el don de la fantasía
y el ensueño.
-¿El don de qué?
-De la fantasía y el ensueño
-¿Dónde lo puedo conseguir?
-Pon tus manos debajo mis alas, cuando las agite,
recibirás en ellas el polen de los ensueños
y de la fantasía. Lo he recolectado de las flores
que en las noches se bañan con el polvo de las
estrellas y se perfuman con la fragancia de los rayos
plateados de la luna. Úntaselo en los
párpados a tus amigos y los verás
soñar...
-¡Soñar! -suspiró La abuela
entusiasmada, a lo que el cocuyo añadió
-Soñar es la magia de la vida. Es ver hacia adentro
de uno mismo, dejando que la imaginación recorra
libremente cada célula de nuestro cuerpo. Es dejar
libre a la fantasía para que nos alegre el
corazón. El cocuyo hizo vibrar sus alas; y la
abuela recogió en sus manos el polen de la
fantasía y el ensueño. -Gracias por tan
hermoso regalo. Se lo llevaré enseguida a mis
amigos. -El cocuyo apagó y encendió su
lucecita varias veces en señal de agrado, y se
marchó.
Y fue así, como los habitantes de aquel lugar
conocieron el sueño. Desde entonces, los
niños sueñan con caminos de estrellas y con
mundos nuevos de aventuras. Los mayores sueñan con
el amor, la alegría y la paz. Doña Esperanza
también sueña; trabaja y sueña,
estudia y sueña. Sus vecinos la llaman Poeta,
porque a diario está buscando la forma de convertir
esos hermosos sueños en realidad.
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