cuentosLa carrera de patinetas

©Andrés Díaz Marrero
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Don Sapo concho había reunido a los animales del monte en un claro cerca de la quebrada. Allí con su gran voz hizo el anuncio: —El próximo domingo, a las diez de la mañana, será la competencia de patinetas. En la misma podrán participar todos los que deseen. Habrá un gran premio para el ganador...

—¿Cuál será el premio? —le interrumpió la grulla
—El premio consistirá de un viaje con gastos pagados alrededor de Puerto Rico, incluyendo a las islas de Vieques y Culebra. —Le contestó don Sapo concho, disimulando la interrupción.
—¡Ese premio lo gano yo! —exclamó el guaraguao.
—¡Eso lo veremos! —le replicó el gorrión.
—Ya comencé a entrenar —le murmuró el múcaro, en el oído, a la lagartija.

Y así, fueron expresándose uno tras otro; cada quien, reclamando la victoria. La reunión duró hasta que las sombras de la noche obligaron a cada uno de los presentes a buscar refugio en su morada.

Apenas despuntó el sol del siguiente día, cuando el monte se llenó de voces y ruidos de patinetas. Unos las corrían, otros aceitaban las ruedas, otros las reparaban... Había un gran alborozo y entusiasmo. Todos lucían felices; contentos. Bueno, casi todos, porque la cotorra ni tenía patineta ni sabía correrla. La pobre se encontraba muy triste, mirando desde el hueco de su árbol a los que practicaban.

Fue entonces, cuando escuchó la voz de su amigo el colibrí:
—Hola cotorra.
—Qué tal colibrí —contestó con voz apagada.
—¿Qué te pasa? ¿Por qué no estás practicando para la carrera?

La cotorra le contó su problema y al terminar no pudo evitar que la tristeza le humedeciera los ojos. El colibrí, que era muy buen amigo, muy dispuesto le dijo: —¡No seas tontita!, ¡No vayas a llorar!, todavía faltan seis días para la carrera. Yo te prestaré la mía y te enseñaré a correrla.
—¿Pero, y tú?
—No puedo participar, porque ese día tengo que acompañar a mi esposa. Ella está empollando tres huevecillos y... ¡tú sabes!
—¡Qué buen amigo eres! —exclamó agradecida la cotorra.

Con gran paciencia y esmero, el colibrí le enseñó a correr patineta. El día antes de la competencia le dijo: —Veo que has aprendido muy bien a correr la patineta; ahora te diré el secreto para desarrollar gran velocidad
—¡Falta qué me hace! Pues, no alcanzo a desarrollar velocidad suficiente al correrla.
—Observa bien, lo que tienes que hacer es agitar las alas de esta manera, así, ¡ves! Y como todos sabemos que los colibríes son expertos en agitar sus alas, podemos fácilmente imaginar lo bien que le enseñó. El día de la carrera se inscribieron veintisiete competidores. No los nombro a todos porque la lista sería muy larga. Pero puedo decir que el más grande de ellos era el guaraguao y el más chico la vaquita de Sampedro, que así se llamaba aquel pequeño escarabajo.
—¡Dieron la salida! ¡Y todos arrancaron muy entusiasmados! La cotorra que había salido en cuarta posición vio cómo al pasar la primera curva de la carrera el guaraguao empujó con un fuerte aletazo a la vaquita de Sampedro, que corría en primer lugar, hacia el tercer lugar por donde venía el múcaro, y vio cómo éste de un picotazo la sacaba de carrera, empujándola con tanta fuerza, que vaquita y patineta fueron a dar contra un árbol a orillas de la pista.

La cotorra se detuvo, para ver si la vaquita de Sampedro estaba herida.

—¡Eso no es justo! No, ¡eso no está bien! ¡Las carreras se ganan limpiamente! —le decía mientras la ayudaba a levantarse.
—Estoy bien, ¡es que soy tan pequeña... —dijo la Vaquita de Sampedro, casi a punto de llorar.
—¡Anda! ¡Súbete a la patineta, volvamos a la pista! ¡La carrera no ha terminado aún! ¡Ven, qué yo te ayudaré!

Y así fue. La cotorra, corriendo detrás de la vaquita la impulsaba, moviendo sus alas tal y como le habían enseñado. Uno tras otro, tras otro, de los corredores, fueron quedando atrás. Faltaban apenas dos metros de distancia para la llegada... cuando un zumbido le borró la sonrisa de triunfo al guaraguao, quien se aprestaba a cruzar la meta. Era la vaquita de Sampedro seguida por la cotorra, que pasaban por su lado con la velocidad de un relámpago. Minutos después, don Sapo concho anunciaba así el orden oficial de llegada: "En primer lugar la vaquita de Sampedro, en segundo lugar La cotorra, en tercer lugar el guaraguao, en cuarto lugar... Bueno, dejemos hasta aquí el orden de llegada, y veamos cómo termina nuestro cuento.

—Gracias amiga cotorra, sin ti no hubiese podido ganar.
—¡No es nada! —contestó la cotorra, sonriente, recordando que a ella también la habían ayudado.
—Ven te invito a visitar a un amigo.

Al llegar al nido del colibrí, lo encontraron celebrando junto a su esposa; la llegada de sus tres polluelos. Esa tarde fue una de alegría y gozo.

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