cuentos Yukibo
y la flor

©Andrés Díaz Marrero
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Cuando Yukibo miró a Cohaí, sintió que el corazón se le derramaba por las pupilas. Ella, ante la intensa mirada de Yukibo, bajó la vista y ambos quedaron atrapados por el dulce imán del amor. Los padres de Yukibo y Cohaí vivían en distintos yucayeyes
Cada segunda luna llena se visitaban entre sí. Yukibo y Cohaí aprovechaban estos encuentros para conversar, reír y compartir ensueños.
—¿Me amas?
—Como a la luz del sol. Esa luz que nutre y da vida a todo cuanto alcanza; te amo como a la hierba, a los árboles, al sonoro cantar de la quebrada…
—Yo también te quiero; y cuando no estás conmigo te extraño; pues me haces falta como al cielo las nubes; como al ave las alas…
Algún tiempo después, la pareja de enamorados con el consentimiento de sus respectivos padres fijaron la fecha de la boda. Pero antes de que ésta se llevara a cabo, el bohique le solicitó al padre de Cohaí que se la diera en matrimonio.
—es un honor, ¡gran señor!, que usted quiera pertenecer a nuestra familia, pero Cohaí ya está comprometida. Sin embargo, tengo otra hija que la iguala en dulzura y belleza. Con gusto se la cedo en matrimonio.
—¡Quiero a Cohaí!
— Ella tiene a Yukibo en su corazón.
—La enseñaré a quererme.
— Pero, ya está fijada la fecha de la boda...
—¡Ella será mi esposa! No olvides que soy el gran bohíque
—Lo siento, pero…
—¡Ya verás de lo que soy capaz—le interrumpió el bohíque, y se marchó furioso, dando grandes voces. Cohaí, escondida tras el telar, había escuchado la conversación; y temblorosa lloraba. Desde ese día el bohíque mantuvo a Cohaí en constante asedio. La seguía hasta el mercado, y cuando ella lavaba ropa en el río se le aparecía de repente con la intención de raptarla. Cosa que nunca pudo lograr; pues, el padre de ella y Yukibo se alternaban para acompañarla. Lleno de ira, al ver que no lograba su propósito, el bohíque, utilizando sus conocimientos de hechicero convocó al espíritu del mal:—¡Grande y sublime, Tuyra, dios de la desolación y la venganza, acude a mí! ¡Uña de urubú rabo de anolis, yerba anamú, patas de bibijaguas y agua de naiboa corta a Yukibo mi anki! ¡destrúyelo! —clamaba, mientras preparaba un poderoso veneno.


El bohíque dejó de perseguir a Cohaí. Las familias de los novios, creyendo que éste había desistido de su propósito continuaban felices con los preparativos de la boda. Tres días antes de la boda, y según la costumbre, los amigos del novio se reunían con él para embijarlo, es decir, cubrir su cuerpo con achiote. El rito de la bija era una ceremonia en la que se compartían manjares y bebidas con el novio. El astuto bohíque, sin que nadie lo viera, mezcló el veneno que había llevado escondido con la comida destinada al novio. Yukibo, ajeno a tal maldad, comió y bebió entusiasmado. A partir de ese momento, comenzó a enfermar. Minutos antes de que se celebrara la boda moría, sin que familiares y amigos adivinaran la causa.
Después de una breve ceremonia, los amigos y deudos enterraron el cuerpo. Todos se marcharon, menos Cohaí; quien no cesaba de clamar ante la tumba de Yukibo:
—Yocahú, escucha mi ruego, ¡devuélvele la vida a mi amado!, ¡regrésale su naniki!
—Cohaí, ¡basta ya de llorar! —Escuchó que una grave, pero dulce voz le decía.
—¡Yocahú!
—Sí, soy yo. No puedo devolverle el naniqui a Yukibo pero puedo transformarlo antes de que huya de su cuerpo.
Hubo un intenso ventarrón, apartáronse las nubes del cerrado cielo y un destello de luz penetró en la tumba de Yukibo. Cohaí, sorprendida, vio salir de la tumba un hermoso ruiseñor. Sintió un breve aleteo sobre su cabeza y luego lo vio perderse en el gris del horizonte.

Muerto Yukibo, el bohíque obtuvo el permiso para casarse con Cohaí. Viendo acercarse la fecha de la boda, Cohaí, suplicaba amargamente:

—¡Ay, muerte recelosa que me esquivas!
¡Oh, muerte de mi amado!,
¡borrar de mí su amor,
tú no has logrado!
Pues tiembla, a su recuerdo,
y se enternece este afán de dulzura,
que mis lágrimas riegan con ternura:
capullo florecido y perfumado,
que sólo a él responde
llanto que no se esconde
y que anhela llegar pronto a su lado...

El ruiseñor, que ha escuchado la súplica de su amada, vuela hasta lo alto del Yunque a pedirle ayuda a Yocahú.

—¡Bondadoso señor!,
tú, que le das dulzura al agua de los ríos
con que saciamos nuestra sed;
que haces brotar los frutos de la tierra
con que nos sustentamos.
Tú, que enciendes el farol de la mañana
y lo guardas al terminar la tarde,
escucha el llanto de mi amada.
Escucha la tristeza de mi canto.
Dime, cómo evitar que Cohaí siga penando;
y lo que es peor, que contra su voluntad despose
a quien, con despiadada crueldad, me hizo este daño.

—Recoge una gota de néctar de rocío en la parte plateada de la hoja del yagrumo y dásela a tomar a Cohaí antes de que la última oscuridad de la noche se desvanezca con la llegada del día. —Le indicó Yocahú.

Cuando fueron a buscar a Cohaí para la ceremonia de la boda, la encontraron muerta.
Hoy sobre su tumba florece una pequeña planta. Planta que cierra sus hojas ante todo el que la toca; excepto al ruiseñor, quien, antes de acariciarla, para dejarle saber que es él, le canta así :

—Escucho el susurro acompasado y frágil
polen multicolor de mariposa
que flota cual suspiro enamorado,
que cual suspiro enamorado flota...
Es el beso de luz de una alborada
que ciñe su diadema diamantina
y troca su fulgor en suave rima.
Eres tú, amor, que esperas mi llegada
y al trino de mi amor suspiras.

La flor de moriviví le responde:

—Antes de oír las notas
adulzar el silencio con tus trinos
temblaron mis estambres y mis hojas.
Presentí tu llegada, y mi suspiro
fue fragancia y despertar de aurora.
El gorjeo de tu voz es melodía
que ahuyenta mi nostalgia con su canto.
Anhelante, ya estoy de tu caricia.
¡Unamos nuestro ser, en tierno abrazo!

Al caer la tarde, en el recodo del valle donde se encuentra la tumba de Cohaí, una flor, mimosa y púdica, junto a un enamorado ruiseñor, la melodía del amor musita.

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©Andrés Díaz Marrero
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