1898 La Guerra Hispano Americana en Puerto Rico

Aquel desembarco de 1898

Por Dr. Montalvo Guenard - Tomado de El Mundo 25 de julio de 1988

Nota: El doctor Andrés Montalvo Guenard, médico cirujano, nació en Mayagüez en 1884. Estudió en el Baltimore Medical College. Ocupó varios cargos médicos en el Departamento de Sanidad Insular. Fue reclutador médico del Ejército de Estados, Unidos durante las dos guerras mundiales.

Eramos cuatro muchachos escolares. Cuatro intrépidos aventureros dentro de nuestros ensueños juveniles, capaces de arremeter a cualquier empresa peligrosa.

Una noche calurosa del mes de julio del año1898, un día después de haber pisado tierra puertorriqueña los soldados del Tío Sam, nos reunimos en la Plaza de Colón de Mayagüez, Pablo Báez, Federico Capestani, Félix García de la Torre y Andrés Montalvo Guenard (los dos últimos médicos que practicaron su profesión en Santurce).

Allí acordamos los cuatro amigos, bajo juramento solemne, salir a pie para el pueblo de Guánica con el propósito de ver a los "americanos". Casi no dormimos aquella noche pensando en la aventura que habíamos planeado. Al día siguiente, bien temprano, nos reunimos en el patio de mi casa, en el "Camino Nuevo" (hoy calle de Post) para emprender nuestro viaje.

Con la natural excitación del momento, salimos de nuestra querida ciudad a las ocho de la mañana del día 27 de julio de 1898, evadidos silenciosamente de nuestros hogares, sin que nadie supiera qué dirección tomaríamos. Aquel fue un momento feliz para nosotros.

Llenos de entusiasmo y energía propia de nuestra edad llegamos al religioso pueblo de Hormigueros a eso de las 10 de la mañana, luego de encontrarnos con un cordón militar en el camino que partía de la carretera número dos hasta al pueblo. Pasamos por entre los soldados sin la menor molestia, pues en su mayoría eran caras conocidas: gente pobre reclutados en aquellos días en nuestros barrios. Pero al llegar al pueblo fuímos caballerosamente detenidos por el capitán de voluntarios, don Carmelo Bascarán, hombre valiente y noble, puertorriqueño hijo de español, quien nos conocía a todos íntimamente, debido a la buena amistad que tenía con nuestros padres.

"¡Muchachos!", nos dijo: "quedan ustedes detenidos bajo mis órdenes para ser devueltos a vuestros hogares hoy mismo". Nos quedamos estupefactos con la respiracion recogida al oir las palabras de don Carmelo. De pronto, uno de nosotros pudo hablar, recobrando serenidad suficiente para decirle a Bascarán que no pensábamos ir nada más que hasta la hacienda "Acacia" propiedad de don Mateo Fajardo, a comer caramelos y tomar guarapo de caña.

"Bueno muchachos, los voy a dejar ir", contestó don Carmelo, "si me prometen regresar hoy mismo, pasando por este mismo camino. ¿Ustedes no saben que estamos en guerra con los americanos y que hay partidas sediciosas por estos contornos con quienes sostuvimos un tiroteo ayer tarde? ¿No saben que pueden ser cogidos entre dos fuegos y morir inocentemente?".

Ocultando nuestro temor e inflado nuestro pecho por la "sensacional aventura", respetuosamente escuchamos las palabras amonestadoras del Capitán pero al mismo tiempo nos deslizamos, con los hombros encogidos, hacia el camino del otro lado del pueblo que conducía a la carretera que va a San Germán, cerca de la hacienda mencionada. Entramos a la Central y en verdad comimos caramelos y tomamos guarapo, pero a los pocos momentos marchamos por la polvorienta carretera en dirección a la "Ciudad de las Lomas" en donde nos sorprendió la hora de almuerzo sin tener dónde ir ni dinero para comprar algo de comer. García de la Torre conocía a la familia Agrait, quienes vivían en una hermosa casa frente a la plaza principal. Y allá fuimos a parar. Pero para desgracia nuestra ya habían almorzado. Sin embargo, nos obsequiaron con un plato de merengues sabrosísimos.

Debemos decir que a mitad de camino entre Hormigueros y San Germán, vimos una casa con impactos de bala, resultado del tiroteo entre las fuerzas españolas acampadas en Hormigueros y el grupo de revolucionarios.

Estos mismos rebeldes desarmaron a un pelotón de guardias civiles que había en San Germán, destituyeron al alcalde de Lajas y luego siguieron rumbo a Guánica, donde se unieron a las tropas americanas.

Los cuatro "caballeritos" andantes no bien habían descansado un rato en casa de la familia Agrait continuaron su marcha, pasando por Lajas en dirección al sitio conocido por la Parguera, en aquella época propiedad de don Ulises López. A las afueras de Lajas nos encontramos con una plantación de maíz, con mazorcas tiernas de las que nos apropiamos de algunas para calmar un poco el hambre.

Llegamos a la Parguera al caer la tarde y nos metimos en un corral donde había muchas vacas y una casa, bastante buena, al fondo del cercado. Tan pronto nos acercamos a la casa salió a nuestro encuentro un hombre alto y fuerte, perrillo en mano, ordenándonos en malas formas salir inmediatamente de allí. Convencimos a aquel hombre que no éramos maleantes y que por el contrario éramos muchachos de buenas familias, conocidas de don Ulises. Entonces nuestro hombre cambió su proceder para con nosotros y nos mandó a subir a la casa diciéndonos que él era el mayordomo de don Ulises, que tenía instrucciones de su jefe de no dejar entrar a nadie en aquella finca, pero que después de escucharnos estaba dispuesto a dejarnos pasar la noche con él. Estaba solo en aquella casa, armado de una carabina y un machete que nos enseñó.

"Ya oirán ustedes tiros de pistolas de los bandoleros que andan por estos campos llevándose el ganado, pero aquí no entrarán porque yo les haré fuego con mi carabina".

Estábamos tan cansados y hambrientos que nos tiramos en el piso de madera rústica, usando sacos de pita por almohadas y nos quedamos dormidos hasta el siguiente día que nos despertó el mayordomo para darnos leche de vaca y queso salado. Durante la noche, una plaga de mosquitos nos acribilló con sus probosis, dejándonos el cuerpo como si nos hubiese dado varicelas.

Como a las ocho de aquella mañana, salimos de la Parguera hacia nuestra última parada: Guánica. Caminamos largo rato por un camino lleno de ortigas, sobre un arenal tan caliente que nos hacía sentir escozor en los pies a través de los zapatos, además del sol abrasador que nos daba en la cara.

En medio de aquella angustiosa situación, más o menos como a las 12 del día, y sintiéndonos algo desalentados por los contratiempos que habíamos tenido, casi pensamos en regresar a Mayagüez sin ver a Guánica, cuando de pronto divisamos una hermosa casa de familia algo retirada de la orilla del camino. Nos dirigimos a la casa suplicando se nos diera un poco de agua fresca para tomar. (El queso salado que comimos en la Parguera hacía más intensa nuestra sed).

El dueño de la casa resultó ser un hombre muy fino y bondadoso, de apellido Fabiani, natural de Córcega, y con unas cuantas hijas lindas como perlas, nacidas en Puerto Rico y de madre boricua.

El señor Fabiani nos mandó a entrar y nos obsequió café con leche de cabra, huevos fritos, pan y mantequilla del país. Durante el sabroso almuerzo nos dijo de varias precauciones que debíamos tomar al acercarnos al puerto de Guánica. "Ya que han llegado hasta aquí deben seguir adelante. No les queda mucho camino por andar. Descansen un rato y adelante jóvenes, que están ustedes escribiendo una página en la historia de Puerto Rico".

Aquel alimento, aquella acogida y aquellas palabras cayeron sobre nosotros como un bálsamo consolador y tonificante. Descansamos un buen rato y ya algo repuestos de nuestros males, emprendimos de nuevo la caminata. Para atrechar, según nos aconsejó el señor Fabiani, penetramos en una montaña cubierta por arbustos de escambrón, en una finca que llaman la "Montalva". Después de pasarla, divisamos a lo lejos el puerto de Guánica. Y, haciendo de nuestros pechos corazones, fijamos la vista en el puerto y avanzamos como a marcha forzada.

Por fin llegamos al desembarcadero de las tropas como a las cinco de la tarde. Un centinela nos dio el "alto" y nos preguntó en inglés: "¿Americans or Spaniards?". Aunque no sabiamos nada más que algunas palabras en este idioma, le entendimos perfectamente y contestamos a coro: ¡americans!, al mismo tiempo sacaba yo una banderita de seda americana que llevaba oculta en el forro de mi sombrero. El centinela se cuadró y nos dejó pasar.

No bien penetramos en "territorio americano", nos encontramos con un joven vestido a lo "insurrecto" quien nos dijo: "desde este momento los considero como soldados de nuestro ejército libertador que coopera con el americano para hacernos libres. Reportense al cuartel general tan pronto les sea posible. Yo soy Carlos del Toro Fernández, ayudante del general don Celedonio Carbonell. Ustedes regresarán a Mayaguez, fusil al hombro, acompañando a los americanos".

Entre nosotros, como ya hemos dicho, estaba Pablo Báez, descendiente de una familia dominicana. Báez era muy aficionado a tomar nota de todo lo que veía, y como era su costumbre anotó los nombres, en inglés, de unos bultos que desembarcaban de un transporte de guerra en el puerto de Guánica. Tan pronto un sargento americano lo vio, le echó mano y nos hizo ir con Báez a la comandancia militar, donde nos hicieron muchas preguntas. Afortunadamente el intérprete era Fredy Cristi, de Mayagüez, pariente de la familia Guenard, muy conocido mío, quien le dio una buena información al jefe americano de nosotros. Nos pusieron en libertad pocos momentos después.

Debido al susto que pasamos por la imprudencia de Báez y al poco deseo de entrar en Mayagüez con el fusil al hombro, decidimos regresar aquella misma tarde a nuestros hogares.

Con los pies adoloridos y sin habernos sacudido aún el polvo del camino, comenzamos a desandar lo andado. Compramos algunas golosinas con el importe de una leontina enchapada en oro que yo tenía con un relojito de plata. La vendí por $ 3 (moneda americana) a un soldado que se empeñó en comprármela. Este dinero nos dió para comer durante el viaje de regreso y hasta me sobró una peseta que yo enseñaba con gran entusiasmo a mis amigos de Mayagüez. La primera moneda americana que llegó a Mayagüez durante la guerra.

Cuando pasamos nuevamente por la "Montalva" nos encontramos con una casita rústica, vacía y con todas las puertas y ventanas abiertas de par en par. En su interior colgaba de un alero un hermoso pernil de ternera. Como nadie nos veía y pensando que era botín de algún cuatrero, nos llevamos la carne, enganchada en una vara que cargamos de dos en dos. Apenas caminamos con la presa dos kilómetros, soñando en comer carne asada, nos vimos perseguidos por un hombre a caballo que nos pareció un demonio. Pensando que el hombre iba en busca de la pierna de res se la tiramos al camino y empezamos a correr como desesperados. No sé cómo sacamos fuerzas para correr. La cuestión fue que llegamos a Lajas en las primeras horas de la noche, donde comimos pasteles y tomamos café negro. El dueño de la fonda nos permitió dormir sobre unos bancos rústicos que tenía en la parte de afuera del mostrador.

Bien temprano salíamos para San Germán donde conseguimos montarnos en unas carretas tiradas por bueyes que iban para Mayagüez. Durante aquellos días las tropas españolas sólo permitían traficar por aquellos contornos en carretas tiradas por bueyes. Se apoderaban de todo caballo que encontraban para formar su caballería de reclutas nativos.

Llegamos a Mayagüez de regreso a nuestros hogares el 29 de julio. En los días subsiguientes, como muchachos al fin, nos reunimos todas las noches en la Plaza de Colón a contar nuestras aventuras a un gran número de curiosos. Estas charlas llegaron a oídos de las autoridades españolas, por lo que éramos vigilados muy de cerca por la policía secreta.


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