1898 La Guerra Hispano Americana en Puerto Rico - 1898 The Spanish American War in Puerto Rico

Carta sobre el bombardeo de San Juan

Por el Padre Lorenzo Roura, Subdirector de las Hijas de la Caridad de Puerto Rico

Tomada del artículo "Carta sobre la invasión" del semanario católico El Visitante. 3-octubre-1998. p. S2-S3

San Juan de Puerto Rico, 13 de mayo de 1898

Sr. D. Eladio Arnaiz, Presbítero.
Madrid

La gracia de Nuestro Señor sea siempre con nosotros.

Mi respetable y queridísimo P. Arnaiz: Creo ser de mi deber como Subdirector de las Hijas de la Caridad de esta Isla, decir a V. el modo providencial, mejor diré milagroso, como San Vicente nos ha conservado ilesos del espantoso y horrible bombardeo de esta ciudad, llevado a cabo de la manera más inicua e ilegal en la madrugada de ayer por los habitantes del norte de este nuevo mundo, y rogarle si lo juzga oportuno haga pública esta protección del Cielo para gloria de Dios, tranquilidad de nuestras familias respectivas y edificación de tantas almas buenas y devotas de nuestro Santo Fundador.

En la mañana de ayer la escuadra de los Estados Unidos, compuesta de 12 barcos, en la obscuridad de la noche, con las luces apagadas y sigilosamente se colocó muy próxima a los muros del fuerte Castillo del Morro, con banderas españolas según unos y sin insignia alguna según otros, para no ser vistos de los centinelas ni detenidos por nuestra artillería. Ya antes, uno de sus mayores barcos y de 3 chimeneas había estado haciendo maniobras y como alardeando, aunque a mucha distancia, sin bandera y que al ser requerido de su nacionalidad, unas veces la ponía inglesa, otras francesa y otras desaparecía para luego reaparecer burlando la persecución de los nuestros con su mucho andar.

Al romper el día, el centinela observó movimientos sospechosos en los buques de la escuadra; el primer cañonazo, que fue de nuestra fortaleza (Nota 1), pasó casi desapercibido por la comunidad que estaba leyendo uno de los discursos de nuestro Santo Padre, pero unos segundos después y cuando los 12 barcos enemigos dispararon juntos multitud de proyectiles sobre la ciudad, todos y en tropel salimos de la capilla. Comprendí la difícil misión que había de cumplir: Tienen las Hijas de la Caridad cinco establecimientos con vistas al mar y tocando a las baterías sobre que el enemigo hacía fuego, a saber: la Casa Beneficencia que entre niños, niñas, ancianos, ancianas, locos y locas, empleados y hermanas cuenta con cerca de mil almas, el Hospital Militar también muy numeroso, Asilo Municipal con más de 300 acogidos ancianos de uno y otro sexo, el Colegio de San Idelfonso con más de 200 niñas y la casa Escuela de Párvulos, a todas ellas me arrastraba mi corazón pues en todas había para mí seres muy amados y que el Señor me confiara. El "pasce oves meas" resonó en mí corazón. Hice lo mejor que me fue posible, un acto de contricción y en alas de la caridad el sacrificio de mi vida y me fui primero al Hospital Militar, donde después de exhortar a las hermanas, reconciliar al P. Capellán, habiendo al mismo tiempo recibido a dos heridos y estando tomando una taza de café, tembló todo el edificio que parecía desmoronarse y venir abajo: una de las bombas derribó el techo de la capilla donde las hermanas se hallaban en oración y a pesar de haber quedado envueltas entre los escombros no recibieron lesión alguna.

N. E. 1: Según todos los informes, el primer cañonazo fue realizado por el Iowa. Este es el único relato, escrito por un español, en el que se indica que el primer cañonazo lo hicieran las tropas españolas. En su informe a la prensa, el presidente MacKinley acusa a los defensores de San Juan de haber hecho el primer disparo. Por supuesto, ni el sacerdote ni MacKinley eran testigos presenciales del inicio del bombardeo.

Desde el Hospital pasé a la Beneficencia por encima de los escombros de tres casas y por medio de un diluvio de metralla ¡qué espectáculo tan imponente!, P. Arnaiz. Todas las bombas parecía que caían en ella; la familia se metía en los subterráneos, las locas se empeñaban en querer ver lo que ellas llamaban alimeras que les hacía el Padre Celestial; con la excitación el uno decía, que era el mismo Dios que a todos convidaba; el otro, que Jesucristo venía a juzgarles; más tarde determinaron llevarlas al campo; en la calle, la una bailaba, otra insultaba a los transeuntes y la de más allá hacía gestos para mover a risa a los que veía pasar, no sabían donde ir ni hallaban quien las quisiera recibir; porque ¿quién ha de admitir a ochenta locas, furiosas las más, cuando se hacen los mayores sacrificios por deshacerse de uno y tal vez el más querido de la familia? ¡Pobres hermanas, cuánto tienen que padecer en estos días! Dejando todo lo demás en la Beneficencia sucedieron tres cosas portentosas dignas de llamar nuestra atención y de excitar nuestro agradecimiento a la mano providencial del Señor que nos defiende. La primera, es que a Sor Florencia, un proyectil le pasó rozando la cara sin que le hiciera el menor daño, siendo así que dejó hecho añicos cuanto encontró en rededor de la hermana. La segunda fue que una de las bombas que penetró en el departamento de locos destrozó un grueso hierro, derribó una de las paredes y llegó a entrar en la sacristía, y según la dirección hubiera hecho astillas el sagrario, profanando así la sagradas formas; pero no fue así, sino que se detuvo al tocar en la pared de la habitación de la casa del Señor. Esto mirado humanamente se explica diciendo que la fuerza que le impulsaba, cesó; más yo veo en todo esto la mano de Dios, invisible a nuestros ojos; pues en la sacristía, y a muy corta distancia en un paso, y con el sólo roce torció un cáliz. La tercera fue, que como en el mismo edificio se declarase el fuego, los mismos locos, que en su estado normal sólo sirvieran para fomentarlo, le apagaron. Como Sor Ana se encontraba en estado muy grave, la llevaron a Río Piedras, donde temo morirá en día no muy lejano. Con tantos sustos, congojas y trabajos, harto será que no enfermen algunas hermanas. Me propongo tratar a sanas y enfermas con particular esmero.

De la Beneficencia pasé al Asilo Municipal. Aquí el espectáculo era tierno y conmovedor; la protección de San Vicente ha sido marcadísima. Todos los acogidos de uno y otro sexo con las hermanas estaban en la capilla del establecimiento, llorando lo más, y gritando todos a cada disparo: ¡Señor, misericordia! Mientras esto sucedía, una bomba penetró, haciendo un horrible destrozo, en la habitación alta de las hermanas, donde no había ninguna de éstas, pues estaban orando con los asilados en la capilla. En la noche siguiente, y por el boquerón que dejó en la pared a su paso el proyectil se colaron tres ladronzuelos que no pudieron llevarse nada por haber sido oídos.

En Párvulos y San Ildefonso encontré rezando á las hermanas y niñas.

En el Asilo Mutuo que pareció ser el lugar más seguro de la ciudad, también se experimentó la misma especie de protección de nuestro Santo Padre. A los pies de Sor Lucía cayó uno de los trozos de una bomba que en el aire había reventado y que hubiera sido capaz de matar a cuantos encontrara en su trayecto, pero a Sor Lucía no la tocó ni siquiera en el vestido. Padres, hermanas y cuantos a unos y a otros les estaban confiados han salido ilesos en sus personas y en sus cosas. Vea usted, P. Arnaiz; qué grande es la providencia de San Vicente sobre nosotros!

Como ya estábamos de acuerdo con la autoridad militar para encargarnos de los hospitales de sangre que se preparan al efecto, fui a visitarles. Al presente estamos encargados de cuatro hospitales de sangre aunque hay muy pocos heridos.

Los muertos en el bombardeo fueron dos y los heridos 25, de estos ninguno de gravedad. -Ver: Lista de bajas-

La Iglesia de San José recibió algunos golpazos pero no creo serán de la trascendencia que al principio se temió.

Ahora podría añadir a ésta, algunos rasgos edificantes de Padres, hermanas, y de la gente puertorriqueña, pero como me parece bastantemente demostrada la paternal asistencia de San Vicente hacia sus hijos e hijas que fue lo que me propuse, sólo añadiré este que el andaluz cree milagro de la Virgen María.

Se trata de un soldado levemente herido, natural de Granada, al despedirse de su madre, esta le dió una medallita y un escapulario, encargándole que siempre que pudiese rezase el Santo Rosario a la Virgen María. La noche del 11 al 12 estaba de centinela y eran tres los encargados de velar para que el de las tres chimeneas no desembarcara gente ni armas como se temía. A la madrugada se retiró y rezó el Santo Rosario. Reunidos luego los tres y a la primera descarga de los yankis, cayó en medio de ellos una granada que en el momento reventó, dejando muerto a uno, mal herido a otro y al granadino con multitud de aqujeros y jirones en sus vestidos, pero en su cuerpo sólo algunas contusiones defectos de la caída, y otras causas de él ignoradas; pues había quedado como muerto. Al volver en sí lo primero fue pensar en Dios a quien se encomendó, y luego en su madre. Ya está bueno casi del todo.

Basta por hoy, Sr. Director y muy querido P. Arnaiz, quiera Dios que ésta llene la satisfacción y alegría a su buen corazón. Aquí nos esperan muchas y grandes cruces. Ojalá seamos todos buenos cirineos.

Suyo en todo atento y seguro servidor que besa su mano,

Lorenzo Roura
Indigno Sacerdote de la Congregación de la Misión


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1898 La Guerra Hispano Americana en Puerto Rico - 1898 The Spanish American War in Puerto Rico

La gran parada del 12 de mayo

por Conrado Asenjo

Artículo aparecido en el periódico "La Correspondencia de Puerto Rico", 12 de mayo de 1941 -Tomado del libro: Recuerdos y Añoranzas de mi Viejo San Juan

Recuerdos del bombardeo de San Juan, por la escuadra americana del Almirante Sampson. Un triste amanecer y un precipitado desfile de más de quince mil almas. Emociones imborrables. Impresiones de cuadros y hechos de imperecedera memoria. Chistes y comentarios al efecto. Como se escribe la historia.

Hoy se cumplen cuarenta y tres años, algo más de las dos terceras partes de mi vida, pues que entonces tenía solamente diez y siete de edad, de que la Ciudad de San Juan, fuera bombardeada por la escuadra americana del Atlántico, comandada por el Almirante Sampson.

A pesar de mi corta edad de entonces, y de todo el tiempo transcurrido desde entonces hasta hoy, y de la mala memoria que siempre he tenido y que continúo teniendo, el recuerdo de lo que yo vi y oí en aquella mañana memorable, no se me ha borrado ni se borrará jamás de mi imaginación.

No es la primera ni la segunda vez que escribo para esta fecha, en rememoración de aquel gran acontecimiento de nuestra historia, que dejó en mí como ya he dicho el recuerdo más intenso y emocionante de todos los hechos de carácter público colectivo que, muy borrosamente algunos, y más marcados otros, podemos recordar.

El motín de las tarifas; la visita de los Infantes a San Juan; la entrega de San Juan a los americanos; los ciclones de San Ciriaco, de San Felipe y de San Ciprián; el ataque de las Turbas a la casa de Muñoz Rivera; la visita de los Presidentes Teodoro Roosevelt, Hoover y Roosevelt, el actual; la primera visita de Lindbergh, cuando fue proclamado héroe; los entierros de Muñoz Rivera, de Barbosa y de Barceló; el terremoto del 11 de octubre del 1918; los tres grandes Carnavales del Capitolio y del Morro, ninguno de esos ni algunos otros hechos más, de más o memos conmoción colectiva, han dejado en mi ánimo, una tan honda emoción y un tan arraigado recuerdo, como el de la impresión del retumbar de los cañones del bombardeo de los americanos a San Juan, y la del grande y desordenado desfile del pueblo de San Juan en el que formaban, sin distingos, elementos de todas las clases sociales, a través de la carretera que hoy se denomina Avenida Ponce de León, en huída pavorosa y desconcertante, con motivo de tan inesperado e impresionante bombardeo.

Nuestro intenso recuerdo de este hecho histórico, es tal, que en repetidas ocasiones, y tratando diversos aspectos del mismo, hemos escrito varios artículos con motivo de esta memorable fecha. Hoy, al ver aproximarse nuevamente el 12 de mayo, volvemos sobre la carga, para hacer especial mención de le Gran Parada que constituyó la despavorida carrera que dieron los habitantes de nuestra Capital, por tan fútil motivo.

Ya en un artículo escrito y publicado por nosotros hace cuatro o cinco años, decíamos en lo que a este gran desfile se refiere:

"Asómbrate, lector. Cuando salimos a la carretera por la Ollería (hoy parada 17 ), ya estaba ésta completamente llena, a todo lo largo, por un inmenso gentío a pie, luciendo la más ligera y variada indumentaria, y reflejando todos en sus rostros la impresión del terror. Quien, llevaba casi sin poder, dos chiquillos a cuesta; quien, en un brazo un perro y en el otro un santo; quien, un saco con comestibles y botellas de agua, quien, un bojote de ropa, a lo mejor sucia, y quien, un ligero botiquín, por lo que pudiera acontecerle por el camino. Había también quien llevaba su botellona, para refocilarse y coger valor. Cada cual había tratado de llevarse algo, sin saber a ciencia cierta qué, al salir en carrera despedida, y sin rumbo fijo, y todos, eso sí, todos, dejaban ver en sus semblantes, el miedo, el pánico producido por el rudo despertar del trepidar de los cañones."

A esto hay que agregar algunos detalles más: hubo que ver las muchas personas que se quedaban por el camino, porque entre el susto y la carrera, se les habían descompuesto el corazón o el estómago, o se les desconcertó un tobillo, o los estaba ahogando la sed, o las cogió el momento del parto, o se les habían descontrolado los nervios, y hasta algunos habían perdido el habla momentaneamente, y se vieron obligados a hacer alto en el camino o a entrar apurados en la primera casa que encontraban a la sazón.

"El espectáculo, visto desde el alto de San Critóbal -dice don Angel Rivero en su Crónica de la Guerra Hispano Americana en Puerto Rico, refiriéndose también a este gran desfile- era doloroso: ancianos, enfermos, cojos con sus muletas, ciegos a tienta y sin lazarillos, madres con sus hijos de las manos y en brazos los más pequeños, todos huían en abigarrado tropel como un rebaño que se desbanda; los campesinos que a dicha hora llegaban con sus cargas de aves y vegetales, volvieron grupas, y a todo correr tomaron la carretera de Río Piedras, y hasta uno, creyendo escapar mejor, abandonó su carga y montura fiando la salvación a sus propios pies."

Y había que oír también las primeras noticias dadas por estos espíritus asustados y horrorizados acerca de lo que había ocurrido y estaba ocurriendo dentro de la Ciudad Amurallada.

Aquello es un desastre -decían- casi toda la ciudad está en el suelo, los muertos o heridos se cuentan por miles; y hasta hubo quien en Carolina, dio la noticia que entre estos muertos se encontraba el capitán Rivero, quien era natural de aquel pueblo, y esta falsa noticia trajo consigo, que en seguida se reunieron en la iglesia de dicho pueblo el cura párroco y muchos feligreses, y rezaron con gran devoción un rosario por el eterno descanso de su alma. Don Angel Rivero, vivió treinta y dos años más, al cabo de los cuales nosotros escribíamos el día después de su entierro:

"Y mientras las primeras paletadas de tierra lanzadas por manos amigas, caían sobre el sarcófago que contenía sus restos mortales, la fusilería de la más grande y poderosa nación del mundo, manejada por manos portorriqueñas, realizó tres descargas cerradas, en señal de duelo, tras una marcha fúnebre interpretada por la Banda Militar; mientras en nuestra mente surgía el recuerdo de aquel rosario que le había sido rezado en falso, el día del bombardeo."

"Más luego, cuando ya la tierra, tierra de su tierra, había llenado por completo la sepultura, el cornetín de orden tocó silencio, el silencio eterno, y las notas tristes y prolongadas del toque, como largos lamentos, vibraron en el espacio de la tarde agonizante, hasta ir a contar a los castillos que fueron campo de su mando en el período más álgido de su vida, la triste nueva de la muerte, de la eterna desaparición de aquel soldado valiente y caballeroso, que tantas veces paseó por sus almenas su figura arrogante y su valor patriótico." (Ver artículo completo)

De estos falsos cuentos de lo ocurrido en la ciudad y hasta en el mar frente de ella, tenemos también el recuerdo de aquel asistente del capitan Sárraga, un soldado andaluz, que como buen andaluz al fin hacía el siguiente relato del bombardeo, a su manera:

-Pues mié usté, hemos jundío casi tos los barcos de esos granujas tocineros de los yankees. Ca'vez que uno intentaba acercarse un poco, pumm, un cañonazo bien enfilao, y el barco jundia er pico, y, ¡sárvese el que puea! Después mis compañeros y yo nos entreteníamos en dispararle a los marinos que trataban de salvarse nadando pa' llegar a la orrilla."

Todas estas citas confirman, la importancia de aquella Gran Parada, más grande, mucho más grande, que la de Lindberg, que aquí hemos tenido, y más emocional y hasta más trágica, que cualquiera de las otras motivadas por una conmoción colectiva.

Todas estas citas confirman también, cómo se escribe la historia. Sobre todo en los primeros momentos, cuando la sorpresa de los hechos mismos produce una conmoción tal, que confunde y hace creer que se ha visto en realidad, sin necesidad de ser andaluz como el soldado de este relato, pues con ser puertorriqueño basta, ya que tenemos mucho de andaluz.

Todo esto nos hace pensar en los cuentos que nuevamente surgirían, si San Juan, la bella San Juan, hoy seis veces más grande en población y progreso que la que era entonces, y conocida con el rimbombante nombre del Gibraltar de América, fuera por desgracia nuestra, bombardeada desde el aire; excuso decirles, cuántos soldados andaluces iban entonces a aparecer, y cuantos comentarios exagerados íbamos a oír.

"La Correspondencia de Puerto Rico", Mayo 12, 1941.


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1898 La Guerra Hispano Americana en Puerto Rico - 1898 The Spanish American War in Puerto Rico

El bombardeo de San Juan

12 de mayo de 1898

por Conrado Asenjo

Artículo del periódico "El Mundo", 12 de mayo de 1960 -Tomado del libro: Recuerdos y Añoranzas de mi Viejo San Juan

En diferentes ocasiones hemos escrito acerca de nuestras impresiones del memorable hecho histórico del bombardeo de San Juan por la escuadra americana del Atlántico, comandada por el Almirante Sampson, hace en este año sesenta y dos años, como quien dice nada, y en la mente y en la memoria aún de los desmemoriados, como nosotros, que fuimos testigos de este extraordinario acontecimiento, están latentes las impresiones, las emociones y las conmociones que el mismo nos produjera.

Es así porque, esta fecha del 12 de mayo, en cada año que pasa, remueve esos recuerdos, y unas veces en un sentido y otras veces en otro, la memorable y azarosa mañana de tal día, pone ante nuestros ojos o en nuestra mente, hechos que presenciamos, o de los cuales tuvimos conocimiento inmediato, que en nuestro espiritu dejaron honda impresión.

En el transcurso de estos sesenta y dos años hemos presenciado y hasta intervenido en muchos desfiles y muchas grandes paradas, bien alegremente carnavalescas, históricas o airosamente militares, o doloramente tétricas, por seguir el féretro de algún gran patricio o alguna gran artista, pero ninguna tan expresiva de pánico y terror, como el gran desfile producido por el inesperado bombardeo de los "tocineros del Norte" como se denominaba entonces aquí a los americanos, al rudo despertar del trepidar de los cañones de su escuadra y de los cañones de los fuertes de la plaza, que le contestaban.

Aquello era un desfile "free for all", como se dice ahora, en el que las reglas de tráfico y de urbanidad y de indumentaria y de cortesía y de buen decir y de pudor y de amistad, o de cualquier otra clase, estaban suspendidas, supeditadas todas, solamente al deseo de ponerse en salvo y de no morir bajo la metralla.

Nosotros, que viniendo de bañarnos en la playa, lo presenciamos en la carretera (hoy Avenida Ponce de León), desde la parada de la Ollería (aún parada 17, aunque ya no hay paradas), en todo el subir de la cuesta hasta la 15 (entonces parada de las Madres), como una verdadera película viva, recordamos el gentío inmenso a pie, a todo el ancho de la carretera (que entonces no era más que la mitad del ancho de lo que es hoy, y sin aceras) en dirección a Río Piedras, luciendo la más ligera, desordenada y variada indumentaria. Reflejando todos en sus rostros la impresión del terror, y siendo algunos entre ellos, cojos, tuertos, mancos, jorobados, semi paralíticos, viejos, enfermos y hasta ciegos, conducidos por algun familiar o amigo.

¡Y pensar que mucha de esta gente fue a parar, en este caminar desenfrenado, hasta Caguas, que a pie y con miedo, parecen muchos más kilómetros que en cualquier otra forma!

Cuando llegamos a la casa de unos parientes en donde estábamos pasando unos días, nos encontramos con la casa tomada por asalto, por un gran número de parientes y amigos, que en la desenfrenada carrera desde San Juan, o habían hecho un alto para tomar alimento acompañado de café, o tenían el propósito de asentar su reales, mientras la situación se normalizaba.

Para que nos demos cuenta de lo que es una conmoción de esta naturaleza, más intensa puesto que era colectiva, sepamos que hubo un caso de una señora que perdió el habla, y más de una que dieron a luz en el camino; otro, de un anciano que perdió la memoria, así como otro de un paralítico que salió corriendo y de unos cuantos enfermos del corazón que murieron del susto.

El gran desfile que se inició poco después de las cinco de la mañana, hora en que empezó el bombardeo, no terminó hasta después de las diez, no obstante haber terminado el bombardeo algo después de las ocho, y había que ver cómo la gente se sentaba en el mismo borde de las cunetas que servían de desague al camino, agotadas de cansancio, de sed y de hambre, sin llegar a morir gracias a este pueblo, cuyos sentimientos bondadosos y caritativos han sido siempre tan manifiestos que en esa memorable mañana, a pesar de la confusión y del temor y de la angustia y de la desesperación de la gran mayoría, la otra parte se mostró noble y generosa, pues de las casas humildes o ricas, y de los establecimientos comerciales y cafetines y ventorrillos de Puerta de Tierra y de Santurce y de Río Piedras, salía la gente a repartir agua y café y bebidas y comidas, a todos aquellos vecinos de San Juan, sobre cuya ciudad era que más se sentía el bombardeo, que sin probar bocado alguno y sin llevar qué beber y comer, habían salido en desenfrenada carrera a la hora de la madrugada, acuciados por el terror.

Este era San Juan en aquel día, en algunos de sus aspectos, según aun lo recordamos, sin que en ninguna otra ocasión ni por alegría, ni por política, ni por otra guerra, ni por duelo general, hayamos visto a la ciudad y al pueblo, como lo viéramos en aquel memorable día del bombardeo de San Juan, el 12 de mayo de 1898.

"El Mundo", 12 de mayo de 1960.


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Informe que eleva el Coronel Gobernador del Castillo del Morro al Capitán General de la Isla, con ocasión del bombardeo de San Juan, ocurrido el día doce de Mayo de 1898. Por el Coronel Francisco Pozo Carta sobre el bombardeo a San Juan el 12 de mayo de 1898 Del marinero norteamericano, Erwin Alden Morse, abordo el USS New York.


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1898 La Guerra Hispano Americana en Puerto Rico - 1898 The Spanish American War in Puerto Rico

A la memoria de Don Angel Rivero Méndez

por Conrado Asenjo

Artículo aparecido en el periódico "El Mundo", 1 de marzo de 1930 -Tomado del libro: Recuerdos y Añoranzas de mi Viejo San Juan

¿Un amigo? Si, un amigo de los que dan honor y prestigio. Un amigo de esos de los que le hacen a uno sentirse orgulloso de su amistad. Así era Don Angel para nosotros y así era Don Angel para todos sus amigos: su amistad dignificaba, enaltecía el espíritu, levantaba el ánimo; porque el ejemplo de su dinamismo, de su intelectualidad, de su actividad incomparable, daba fuerzas para la lucha, convirtiendo en esperanzas las decepciones y en alegría los desencantos.

Muchas veces buscamos y gozamos del placer incomparable de su conversación. Su palabra fácil mariposeando sobre el campo de su vida, tan florido en hechos importantes y en acontecimientos tan significativos en la historia de nuestra tierra, tenía una gran atracción y una sugestividad encantadora. Hablaba y cautivaba, igual a hombres que a mujeres, por que sus relatos tenían el encanto de los recuerdos contados viva y hábilmente.

Y ese hombre, ese conversador admirable, que con su palabra tenía el don de producir todas esas sugestividades y despertar todas esas reacciones espirituales, ha fallecido, ha desaparecido de entre nosotros, nos ha abandonado para siempre, de una manera inesperada.

Y su entierro-un entierro que obedeciendo a su disposición, fue sencillo, sin flores y sin discursos,- ha sido una nota de duelo muy significada, por la cantidad y variada clase de público que lo seguía. La clase del pueblo, la clase media, la alta sociedad; propios y extraños; hombres y mujeres, todos siguieron el féretro hasta el Cementerio de San Juan, en donde el Jefe Militar de la Plaza, Coronel Helms, rindió ante el cadáver del honroso soldado español, Angel Rivero Méndez, quien actuó como último Gobernador de Puerto Rico, por haberse puesto en sus manos por aquel Gobierno, la entrega del mando al primer gobernador americano, los honores militares que como tal oficial se merecía.

Y mientras las paletadas de tierra, lanzadas por manos amigas, caían sobre el sarcófago que contenía sus restos mortales, la fusilería de la más grande y poderosa nación del mundo, manejada por manos puertorriqueñas, realizó tres descargas cerradas, en señal de duelo, tras una marcha fúnebre interpretada por la Banda Militar.

Mas luego, cuando ya la tierra, tierra de su tierra, había llenado por completo la sepultura, el cornetín de orden tocó silencio, el silencio eterno, y las notas tristes y prolongadas del toque, como largos lamentos, vibraron en el espacio de la tarde agonizante, hasta ir a contar a los dos castillos que fueron campo de su mando en el período más álgido de su vida, la triste nueva de la muerte, de la eterna desaparición de aquel soldado valiente y caballeroso, que tantas veces paseó por sus almenas su figura arrogante y su valor patriótico.

Paz a los restos de aquel buen amigo, de aquel amigo que nos daba honor y prestigio con su amistad.

(Murió Feb. 23, 1930).

"El Mundo", Marzo 19, 1930.

-Ver: Biografía del capitán Angel Rivero Méndez-

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1898 La Guerra Hispano Americana en Puerto Rico - 1898 The Spanish American War in Puerto Rico

Recordar es vivir

Cosas de botica

por Conrado Asenjo

Artículo aparecido en el Almanaque Puertorriqueño, 1950 -Tomado del libro: Recuerdos y Añoranzas de mi Viejo San Juan

Antes de ser industrial y de ser empresario de cine y de ser comerciante y de ser empleado público y de ser taquígrafo y de ser publicista y de ser promotor de grandes carnavales y de ser organizador de verbenas, exhibiciones y ferias y de ser maestro y de ser Secretario del Alcalde, Director Escolar y hasta Alcalde y Tesorero Municipal interino de San Juan y administrador del Casino de Puerto Rico, yo fui mancebo de botica.

Cuando el Almirante Sampson bombardeó a San Juan, el 12 de mayo de 1898, hace ya más de medio siglo, yo llevaba ya casi un año practicando en botica, lo que me ha hecho pensar ahora en pedir mi diploma como Práctico.

Mis primeras andanzas en esta complicada ciencia de la farmacia fue con Don Domingo Peraza, en Santurce, quien tuvo allí una botiquita, después de haber sido dueño de dos grandes boticas en New York, situada en lo que es hoy Avenida Ponce de León, cerca de la que después fue y ya ha dejado de ser Parada 17.

Allí olí yo por primera vez el agua de Bareges y el alcanfor, y allí aprendí a preparar siropes al frío y a hacer píldoras de sulfato de hierro y purgantes de citrato y a hacer bien temprano por la mañana unos cuantos paquetes de escorzonera y de incienso, porque Don Domingo presagiaba que ese era día de todos los jíbaros procurar escorzanera o incienso, y efectivamente, así sucedía.

Pero con todo y esto, el 10 de mayo del memorable año 1898, que ya estaba encima la Guerra Hispano Americana, Don Domingo me puso de patitas en la calle, por economía, pues yo ganaba nada menos que doce pesos al mes, y eso era mucho gasto.

Todavía me recuerdo de los garbanzos guisados con hojas de laurel, que hacía Doña Casi, su esposa, quien era una suiza muy trabajadora y muy económica. Por eso yo digo que allí al empezar fue donde yo obtuve en el gran via crucis de mi vida, mis primeros laureles.

De allí, fui a parar con mi familia, todos embriscados con motivo de la guerra y miedo a otro bombardeo, a Toa Alta, y en Toa Alta, a la botica de Panchito Romero, un gago, a quien apodaban gustote, porque para empezar a hablar cerraba la boca y de pronto la abría, produciendo un chasquido muy fuerte, como quien se está regustando.

Panchito era muy bella persona, de muy noble familia, pero muy dejado en su profesión. Allí vi, comprobando su abandono, cómo él, cuando le pedían un vellón de pomada de belladona, empezaba por buscar una cajita de fósforo vacía; iba a la cocina, le pedía en la cajita un poco de manteca a la cocinera, y después le echaba varias gotas de extrato de belladona, la meneaba con un palito de fósforos y sin etiqueta de ninguna clase, escribía sobre la cajita, con lápiz, Belladona, y eso era todo.

Su esposa, Dominguita, que no tenía la preparación de él, pero que era una jibarita muy lista, y conocía todos los defectos de Panchito, y apreciaba la oportunidad que había en Toa Alta, con la invasión de gente de San Juan que había traído la guerra, para un buen negocio de la botica, que era la única en el pueblo, al saber que yo era un práctico de farmacia, me llamó e hicimos una a manera de sociedad, para yo ganar de acuerdo con el negocio que se hiciera, y yo vine a San Juan y compré en la Gran Farmacia Gulllermety, lo más indispensable, y atendíamos, en regla, 106 pedidos de todo el velloneo y de las recetas, que llovían a granel. Así hizo aquella botica, con el auxilio de mi gran experiencia, unos cuantos chavos durante los tres o cuatro meses del embriscamiento, tocándome mi parte.

Mientras tanto, Panchito, en la tras botica, en unión de muchos líderes de San Juan, el Dr. Francisco de Goenaga, Don Jaime Sifre Tarafa, Don Manuel Egorcue, Don Ramón Falcón y otros más que no recuerdo, que tenían allí el week end, como se dice ahora, pasaban el día y la noche tirándole de la oreja a Jorge (tomando licor), pasatiempo tan perseguido entonces como trata de serlo ahora.

Entre Dominguita y yo, volvimos la botica al revés, llegando a hacer diarios de unos cuantos pesos provinciales, pues esa era la moneda existente, logrando entusiasmar a Panchito, que trabajaba en la preparación de las recetas más peligrosas, de vez en cuando.

Recuerdo que allí en la Botica de Toa Alta, procuraban mucho los jíbaros "la uña de la gran bestia" en polvo y "semillas de comején", para la preparación de menjunjes que les receteban los curanderos.

Cuando la Guerra terminó con el armisticio, volvimos todos a San Juan, y entonces fue que yo entré a formar parte del staff de la vieja e histórica Farmacia de Guillermety, junto con Rexach, Daubón, López Sicardó, Avilés, del Valle Sárraga y otros.

Eso era una botica. Sus ventas, sin cajas registradoras, eran de más de mil pesos diarios y en recetas solamente se hacían algunos cientos de pesos.

En la Botica de Gulllermety, además de muchas cosas políticas y sociales, aprendí a hacer Seidlitz por cientos, y píldoras de sulfato de hierro a montones y por último a preparar toda clase de recetas y a manejar el Formulario Dujardin.

Allí vi una vez cambiarle a una paciente, por haber trastornado las contraseñas, una poción antifebril por una solución cauterizante de sulfato de cobre, que si llega a tomarla, las guilla; pero el color de la solución la salvó.

A un paciente del Dr. Barbosa, en la calle de la Luna, le fueron mal preparados por un principiante de la botica, que no era yo, unos supositorios de morfina, que en uno de ellos se fue casi toda la dosis del narcótico prescrito para ser repartido entre los doce supositorios de la receta, y prodújole un sueño que por poco es el sueño eterno.

Al padre del ilustre Don Manuel F. Rossy, que vivía frente a la botica y que estaba muy mal del corazón con grandes palpitaciones, vi aplicarle en una poción recetada por el Dr. Esteban Saldaña que era el médico de cabecera; digital por acónito, poniendo a toda la familia, a los médicos y a la botica entera, en conmoción, cuando el distinguido paciente ingirió la primer cucharada, y sintió sus efectos contraproducentes a lo que se esperaba.

A este propio cura, le pasó que sintiendo un fuerte dolor de estómago una mañana, en vez de elixir paregónico tomó ácido fénico, teniendo que sufrir además de los efectos del envenenamiento, el choteo de todos los compañeros en coro, cuando ordenado por el Dr. Ferrer, que llegaba a la Botica en esos momentos, tuve que entrarle a mordiscos a un pan de magnesia, que es como comer tiza.

Naturalmente que yo en aquella ocasión, como ustedes se darán cuenta, no me morí, pero estuve sin poder comer y repitiendo fénico por más de una semana.

De todas estas cosas, que en verdad no debieran ocurrir pero que ocurrían, cuando Don Fidel y Don Octaviano se enteraban, era cuando ya habían pasado, y sus iras y reconvenciones, no remediaban nada en lo ya acaecido, que siempre era por distracción y nunca por intención maliciosa.

Estos son algunos de mis recuerdos botiquiles, dentro de este orden de cosas, porque de la Farmacia Guillermety, en donde estuve por lo menos tres años, recuerdo tantas cosas agradebles, como los ensayos de Rigadones y Lanceros, que todo este "staff" practicaba en vísperas de bailes, después de cerrada la botica, empleando como parejas las viejas y carcomidas sillas de la célebre e histórica tertulia. Entonces los "partners" no existían más que para esta clase de bailes de figura, que por lo regular requerían preparación y ensayo, y así las sillas de cada uno se llamaban Carmen o Mercedes o María o Belén, según el nombre de la novia o pretendida de cada cual.


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