1898 La Guerra Hispano Americana en Puerto Rico - 1898 The Spanish American War in Puerto Rico

Una mirada española a la Guerra Hispano Americana

Por: Francisco José Díaz Díaz


La visión que existe en la España actual de lo acontecido hace 100 años durante la Guerra Hispano Americana está profundamente influida por las consecuencias que, durante el siglo XX, tuvo el resultado del conflicto.

Para entender la postura española, antes y durante el conflicto, es necesario hacer una breve introducción histórica de los acontecimientos de la política interna española, especialmente durante el siglo XIX. También es preciso conocer otras tres cuestiones:

1.- La política seguida con las islas caribeñas y asiáticas.

2.- La visión de la sociedad española en 1898.

3.- Las consecuencias de la derrota en España.

ANTECEDENTES

España logra su unificación como nación durante el siglo XV. La política de alianzas matrimoniales de los Reyes de España con otras dinastías europeas y el descubrimiento de América por Cristóbal Colón, lanzan a España a un proceso de engrandecimiento y expansión tanto en Europa como en América y el Pacífico. Durante los siglos XVI y XVII España era la potencia hegemónica europea que controla Holanda, Bélgica, el sur de Italia y Sicilia, parte de Alemania y Austria. Las constantes guerras, con los excesivos gastos en hombres y dinero, producen el debilitamiento de la posición española en Europa y en el año 1700, a la muerte de Carlos II, último rey de la dinastía de los Habsburgo, se pierde toda Europa salvo las posesiones peninsulares y las Islas Canarias y Baleares. España había dejado de ser la primera potencia mundial. Sin embargo, sus extensas colonias en Hispanoamérica la hacían aún una potencia importante. Bajo la dinastía francesa de los Borbones, España apenas participa en guerras salvo, por ejemplo, la Guerra de Independencia de los EE.UU. al lado de los colonos. La relativa tranquilidad y prosperidad económica se trunca con la Revolución Francesa. La invasión Napoleónica de España con la sustitución de la Dinastía Borbónica por el hermano del Emperador Francés, provoca un alzamiento del pueblo en mayo de 1808. Con los reyes legítimos detenidos en Francia, un Consejo de Regencia toma las riendas del país. Las influencias liberales de la Revolución francesa originan un movimiento constitucionalista que desemboca en las "Cortes de Cádiz" de 1812 (Las Cortes es el nombre del Parlamento español). En dichas Cortes se aprueba la constitución liberal de 1812 que suprimía los privilegios de la nobleza y el clero y establecía un sistema democrático y liberal. Al final de la guerra contra Napoleón (1808-1814), el país está arruinado y dividido políticamente. La vuelta al trono de Fernando VII, que anuló la Constitución de 1812, abre un periodo intermitente de luchas entre absolutistas y liberales. Simultáneamente, en la América Española, comienza la lucha por la independencia. Tras la muerte de Fernando VII en 1833, se inicia una auténtica guerra civil entre los partidarios absolutistas del Príncipe Don Carlos, el hermano de Fernando VII, llamados por ello "Carlistas" y los partidarios liberales de la Reina Isabel II, menor de edad, hija de Fernando VII, llamados "Isabelinos". La economía queda paralizada y el país arruinado. Tras la victoria de los liberales, se entra en un periodo de sucesivos golpes de estado militares, unos de carácter liberal y moderado y otros de índole liberal y progresista. Cada golpe de estado lleva consigo el cambio de constitución. Sólo tras el golpe de estado del General O'Donnell, en 1854, se instaura un régimen democrático estable de talante conservador que pone temporalmente en orden la economía, el ejército y la marina. Esta última, con las sucesivas construcciones de fragatas blindadas, se recupera del desastre de la Batalla de Trafalgar en 1805 y llega a ser la quinta del mundo. Durante estos años España se lanza a nuevas aventuras coloniales que hicieran olvidar las penurias pasadas. En pocos años se hacen expediciones a Méjico e Indochina, en ayuda de Inglaterra y Francia. Se ganan las guerras del Pacífico contra Chile y Perú y de Africa contra los marroquíes. El ejército y la marina recuperan su capacidad y el país siente la falsa ilusión de ser todavía una potencia mundial.

Sin embargo, las crisis económica y política que estallan en 1866 conducen a la "Gloriosa Revolución de 1868" fomentada por militares progresistas como el general Serrano (Duque de la Torre), el general Prim (Marqués de los Castillejos) y el almirante Topete. Isabel II es derrocada y la dinastía de los Borbones expulsada del Trono. Se suceden seis años de cambios trágicos y rápidos en la vida de la nación. Primero, la regencia del General Serrano; luego, sucesivamente, la monarquía de Amadeo I, la Primera República y la dictadura del General Serrano. Entre tanto estalla una nueva insurrección Carlista para restaurar la monarquía absoluta a la que hay que unir las revueltas "cantonalistas" que propugnaban una República Federal, la primera guerra de Cuba y las conspiraciones para restaurar a los Borbones en la persona del Príncipe Alfonso, hijo de Isabel II. España era en esa época un caos.

El golpe de estado del General Martínez Campos (Conde de Llovera) en 1874 produce la restauración de la Monarquía Borbónica en la persona del hijo de la destronada Isabel II. Alfonso XII, que había vivido seis años en el exilio, es profundo partidario del cambio político y social hacia una democracia liberal. El país, harto de las guerras y las muertes, le secunda en su intento. Durante su reinado (1874-1885) el país prospera, el ejército se mantiene al margen de la política y los partidos políticos (conservadores y liberales) se suceden civilizadamente en las elecciones. La muerte del Rey a los 28 años, tras contraer una enfermedad cuando visitaba a los enfermos de un hospital, sumió al país en la incertidumbre. Su esposa, que estaba esperando al futuro Rey Alfonso XIII, asumió la Regencia. Se producen algunos pequeños pronunciamientos republicanos sin apoyo popular que son rápidamente sofocados, pero el país vive con calma relativa esperando que el nuevo Rey, aún sin nacer, siga los pasos de su padre para recuperar la grandeza pasada. Hasta su mayoría de edad en 1902, desempeñará la Regencia su madre, María Cristina de Habsburgo, segunda esposa de Alfonso XII. Así se llega a 1898, entre luchas, desorganización, la ilusión de ser aún una potencia mundial y las revueltas en Cuba y Filipinas. Esta ilusión imperial por el recuerdo de las glorias pasadas es, en parte, la clave para comprender la postura de España al iniciarse la guerra contra los Estados Unidos.

ESPAÑA Y SUS COLONIAS.

La colonización española en tierras americanas, como toda colonización, tiene sus luces y sus sombras. Ni es tan negativa como la describe la leyenda negra que se propagó en Europa en el periodo en que España era la potencia hegemónica, ni tan positiva como se escribía en España durante los siglos XIX y XX. Desde el mismo momento de la colonización de América, la monarquía española pretende organizar los nuevos territorios a imagen y semejanza de la metrópoli. Se crean ayuntamientos y universidades; se crean virreinatos similares a los existentes en la península y en las demás posesiones europeas; se dictan leyes de gobierno de Las Indias, estableciendo en ellas normas de protección de los indios y limitaciones al poder de los Virreyes que, al finalizar su mandato, eran sometidos al Juicio de Residencia para comprobar que su actuación no había sido abusiva.

Sin embargo, la dificultad de las comunicaciones y la lejanía del Rey habían creado un deseo de autogobierno en la mayoría de las provincias americanas. La Guerra de Independencia de los EE.UU. agudiza el deseo de autogobierno de las colonias españolas, deseo que tendrá su detonante en la guerra contra los franceses entre 1808 y 1814. La ausencia de los reyes legítimos de España, secuestrados por Napoleón, obliga a crear órganos de gobierno transitorio en todas las provincias españolas, tanto peninsulares como ultramarinas. Es precisamente esta experiencia de autogobierno en las provincias americanas la que origina los primeros brotes de resistencia a las autoridades españolas. La vuelta al trono del rey absolutista Fernando VII ahoga la experiencia y mueve a la burguesía y aristocracia de América hacia la independencia. Sus promotores no son los indios o los colonos pobres, sino los miembros de la aristocracia más poderosa económicamente y los militares nacidos en las colonias que habían luchado en la península contra los franceses. La lista de condes y marqueses en las filas independentistas es abrumadora. Las declaraciones de independencia se producen a lo largo y ancho de América y las tropas españolas se ven desbordadas en todas partes. Tras una sangrienta lucha fratricida, de padres contra hijos, hermanos contra hermanos, unos leales a su rey y otros leales a la idea de la libertad, se proclama la independencia de toda Sudamérica y Centroamérica tras dos décadas de guerra. La propia situación interna de España, con las luchas entre absolutistas y liberales, contribuye a la independencia de las colonias. El golpe de muerte a las posibilidades españolas de mantener América se produce en 1820 cuando las tropas preparadas para ir a ultramar al mando del general Riego se sublevan en Cádiz en favor de la Constitución de 1812, acabando provisionalmente con el régimen absolutista.

Lograda la independencia, sólo Cuba, Puerto Rico y las Islas del Pacífico permanecieron leales a España. La razón puede hallarse en que las dos islas del Caribe fueron las primeras colonizadas por España y tenían una fuerte presencia de españoles con grandes vínculos económicos con la metrópoli. En Filipinas, la razón de su permanencia era la lejanía geográfica y el hecho de que sus etnias eran educadas como los españoles. Algún viajero inglés de principios del siglo XIX se admiraba de que en los mismos lugares convivieran y comieran juntos tagalos, mestizos y españoles.

Sin embargo, la reacción de las autoridades españolas tras la independencia de las demás colonias americanas fue de desconfianza. Salvo tres periodos de tiempo (de 1812 a 1814, de 1820 a 1823 y de 1868 a 1872) en que las islas caribeñas enviaban representantes al Parlamento, el resto del tiempo el poder de los Capitanes Generales, como representantes del Rey, fue prácticamente absoluto. Un destacado político español decía que los reyes españoles eran monarcas constitucionales en España y reyes absolutos en ultramar. Los habitantes nacidos en Cuba y Puerto Rico comienzan a sentir que, siendo españoles, no gozan de las garantías de la Constitución española que sólo se extendían a los territorios europeos. En ambas islas caribeñas surgen partidarios de la autonomía que pretenden la aplicación de un sistema de autogobierno dependiendo de la Corona Española, de modo similar al régimen que disfrutaba Canadá bajo la soberanía inglesa. Los miembros de la aristocracia y burguesía peninsular con importantes intereses económicos en las dos Islas se oponen a ello.

En Cuba, un importante grupo de autonomistas se sienten defraudados y pretenden la independencia de la Isla o su anexión por los Estados Unidos para formar parte de dicho país como un nuevo estado. Por el contrario, otro grupo importante de cubanos es firme partidario de la permanencia dentro de España y recluta gran cantidad de voluntarios para luchar con los españoles contra los independentistas. Estos dos grupos convirtieron la Guerra de Independencia Cubana en una verdadera guerra civil entre cubanos.

Sin embargo, la desastrosa política tanto administrativa como económica realizada por España explican la frustración de cubanos y puertorriqueños y sus ansias de cambiar la situación. La administración de las Islas estaba en manos de peninsulares que, en la mayoría de los casos, sólo tenían interés en enriquecerse rápidamente y regresar a España lo más pronto posible. Pocos cubanos o puertorriqueños se integraban en la administración y la mayoría de los ingresos fiscales de Puerto Rico y Cuba no se reinvertían en las Islas. En el último presupuesto de la administración española en Puerto Rico, antes de la concesión de la autonomía, la partida presupuestaria dedicada a educación era casi igual a la destinada al sueldo del Capitán General.

La situación en las islas del Pacífico era similar. Por la lejanía de la metrópoli se encomendó la administración a los frailes que gozaban de mayor poder que los pocos funcionarios españoles allí destacados. Los abusos de parte del clero católico fueron una de las causas fundamentales de las revueltas tagalas. Las otras causas fueron la legítima aspiración de equipararse a los españoles en derechos políticos y llevar las riendas de la administración de las Filipinas.

LA SOCIEDAD ESPAÑOLA EN 1898.

Cuando se produce la voladura del Maine en el Puerto de La Habana, la opinión pública española era inconsciente de las consecuencias que traería la guerra por conservar los restos del imperio.

A principios de 1898, las ciudades españolas están en calma. España se inundaba de corridas de toros, de obras de teatro y zarzuelas (se llama así a las operetas cómicas españolas) que se estrenaban sin interrupción. La gente vivía los acontecimientos de Cuba y Filipinas como algo lejano, pero apoyando siempre la presencia española en las Islas. No tienen muy claro por que luchan los cubanos ni el potencial económico y militar de los Estados Unidos. Siguen soñando, como en los tiempos del Rey Felipe II, que en el Imperio nunca se pondría el sol. Ignoran lo turbias que están las relaciones con los Estados Unidos.

El Maine, tras una llegada no anunciada, seguía meciéndose en las aguas de la Bahía de La Habana alargando el tiempo de estancia previsto inicialmente. Había llegado en visita de cortesía y se quedaba para garantizar la vida y hacienda de los ciudadanos americanos a quienes se presumía amenazados por los desórdenes en Cuba. La explosión del crucero se produce el 15 de febrero de 1898. El Maine se hunde mientras el Imperio agoniza.

La prensa amarilla de ambos lados del Atlántico clama por la guerra. El diario "The World" proclama: "La destrucción del Maine es razón suficiente para dar orden de zarpar a nuestra flota hacia La Habana y exigir una indemnización en el plazo de 24 horas bajo amenaza de bombardeo". El "New York Journal" pide la intervención militar. En España, la prensa, mayoritariamente en manos de destacados empresarios y políticos, contesta. El periódico "El País" replica: "El problema cubano no tendrá solución mientras no enviemos un ejército a los Estados Unidos". Los demás periódicos españoles, como "El Correo Español", piden la guerra. Siguen sin conocer el poder económico y militar de los Estados Unidos y haciendo comparaciones ficticias entre las fuerzas navales de ambos países, por supuesto siempre favorables a España.

El gobierno de los Estados Unidos encomienda a su embajador en Madrid, Woodford, una negociación con España sobre la base de un armisticio, la supresión de los "Reconcentrados" (reconcentración de campesinos en ciudades controladas por las tropas españolas para privar a los rebeldes de comida y apoyo. Estas ciudades se convirtieron en verdaderos campos de concentración) y el autogobierno cubano. La mayoría de la población española considera la solicitud como una afrenta a la soberanía española. El gobierno español suprime los "Reconcentrados" y propone un armisticio.

El gobierno americano, insatisfecho, propone simple y llanamente la compra de la Isla. El rechazo del gobierno español deja pocas salidas a la situación. El 21 de marzo la comisión americana que investiga el hundimiento del Maine, avala la tesis de la explosión provocada y la opinión pública americana aumenta la presión para que su gobierno intervenga en Cuba, instigada por la prensa amarilla. Mientras, en España, se celebran elecciones que ganan los liberales. Las fiestas de la aristocracia se llenan de esplendor y los carnavales inundan las calles de España. Se seguía confiando en que no habría guerra.

El gobierno español, presionado por las potencias europeas, acepta el armisticio pero nada más. Los rebeldes lo rechazan. El 11 de abril, MacKinley lee su mensaje al Congreso. Su discurso terminaba con la petición de que el Congreso le autorizara a tomar medidas para imponer un gobierno estable capaz de mantener el orden en Cuba empleando, si fuera necesario, el ejército y la marina de los Estados Unidos.

En España la gente se lanza a la calle en patrióticas manifestaciones gritando "¡A Nueva York!" a los acordes de la Marcha de Cádiz (Célebre marcha militar de la época de la guerra contra Napoleón). El Ministro de la Guerra proclama que desearía que el ejército americano viniera a España para demostrarles el heroísmo de un pueblo. Tan patriótica estupidez es aplaudida frenéticamente por los periódicos que rememoran los espíritus de los viejos héroes españoles de la edad media olvidando que las guerras no se ganan sólo con ayudas espectrales. El pueblo sigue sin saber el poder de los Estados Unidos y el gobierno, que lo sabe, calla.

El 18 de abril, el Congreso de los Estados Unidos aprueba una resolución conjunta dando plenos poderes a MacKinley. Desde este día España sabe que la guerra es inevitable. En la noche del 20 al 21 de abril, Woodford, recibe por telegrama el texto de la resolución de las Cámaras americanas, con órdenes de entregarlo en forma de ultimátum exigiendo la renuncia española a Cuba en el plazo de tres días. Woodford decide entregarlo en la mañana del día 21. Cuando Woodford entrega el ultimátum, el gobierno español le comunica la ruptura de relaciones diplomáticas entre los dos países. Esa misma tarde la flota americana ya se encuentra a 10 millas de la costa cubana y apresa varios mercantes españoles antes de la declaración de guerra.

El 23 de abril la Reina Regente firma la Declaración de Guerra previamente aprobada por las Cortes Españolas. El día 25 de abril el Congreso de los Estados Unidos vota la Declaración de Guerra a España con efectos retroactivos desde el día 21.

En España, la gente cree que Dios está con los españoles. En los púlpitos los sacerdotes invocan el auxilio divino, pero Dios hace caso omiso a sus súplicas. El ocaso del imperio había llegado.

Lo narrado anteriormente nos permite deducir lo siguiente:

1.- Al igual que en los EE.UU., la prensa amarilla en España realizó una auténtica labor de desinformación sobre las capacidades militares del ejército y la marina de los EE.UU. haciendo creer que la potencia de la flota española era superior a la norteamericana. Sólo la prensa de orientación republicana o socialista alertaba sobre la verdad de la potencia militar de los EE.UU. y la inutilidad de la guerra.

2.- El gobierno español, aunque conocedor de la inferioridad española, no eludió la guerra como último recurso. Las razones eran básicamente dos. La primera era que el gobierno temía que el abandono de las Islas sin lucha provocase una revolución que terminase con la dinastía reinante. La segunda era que se esperaba el apoyo de las potencias europeas contra la intromisión de los EE.UU. en un asunto que concernía a una potencia europea. Ninguna de las dos hipótesis eran ciertas.

En el primer caso, algunos historiadores modernos en España han elaborado la teoría de que el gobierno español sabía que la independencia de Cuba era inexorable pero, como el abandono unilateral de Cuba podría producir tensiones en el ejército y en la población, había que justificar la pérdida en una derrota militar. Además hay que considerar el esfuerzo económico y militar realizado en la Guerra de Independencia Cubana por España. En 1898 el presupuesto extraordinario de guerra para Cuba y Filipinas superaba con creces el presupuesto ordinario del Estado (1.875 millones de pesetas frente a 873 millones en 1898) y la deuda pública había alcanzado límites insoportables. La prolongación de la guerra contra los independentistas cubanos llevaría inexorablemente a la bancarrota del Estado. Por otra parte, la sangría de hombres era ya insostenible (entre 1895 y 1898 se habían transportado a Cuba, Puerto Rico y Filipinas más de 220.000 hombres, de los que murieron unos 60.000, casi todos por enfermedad). Mientras que los gobiernos conservadores de Cánovas del Castillo propugnaban seguir la guerra contra los independentistas "hasta el último hombre, hasta la última peseta", los gobiernos liberales de Sagasta querían abandonar Cuba sin que pareciera una huída o una claudicación, pero no encontraban la ocasión. La voladura del Maine y la intervención de los EE.UU. fue, por tanto, la excusa bélica que el gobierno esperaba para perder Cuba en una guerra rápida aún sabiendo la inferioridad naval española. Que la guerra fuera corta y rápida era la causa de las absurdas órdenes de campaña dadas tanto al ejército en Cuba, Puerto Rico y Filipinas como a las Flotas de Cervera, Montojo y Cámara. El gobierno liberal de Sagasta, en aplicación de esta teoría, justificó la derrota señalando que el honor español quedaba a salvo aunque se hubiera perdido todo. Sin embargo, la pérdida de todas las provincias del ultramar no produjo ninguna reacción popular contra la dinastía.

En segundo lugar, ninguna de las potencias europeas apoyó a España contra los EE.UU. Durante el siglo XIX la diplomacia española había establecido un principio regulador de la actividad española en el exterior. Tal principio era simple: "Ante un problema exterior, si Inglaterra y Francia estaban de acuerdo, España apoyaría el acuerdo; si no existía acuerdo, España debía abstenerse de intervenir". Sobre este principio España abandonó una política exterior propia supeditándola a los acuerdos entre Francia e Inglaterra. Se esperaba que, en justa reciprocidad, tanto Francia como Inglaterra apoyasen ahora a España. Los hechos probaron que tal principio era falso. Inicialmente se abstuvieron de intervenir porque confiaban en que el ejército español en Cuba, superior al total del ejército regular de los EE.UU, derrotaría a los americanos. Sólo al final del conflicto, cuando se temía un ataque contra las costas españolas en Europa, las potencias europeas mostraron su preocupación por la posible intervención americana en Europa y presionaron a España para que aceptase las condiciones impuestas en el Tratado de París. Durante la guerra hubo incluso, un conflicto diplomático con Inglaterra cuando el ejército español reforzó con baterías costeras en el Estrecho de Gibraltar ante la amenaza de la flota americana. Inglaterra consideró que tal conducta afectaba a su colonia de Gibraltar situada en el estrecho y amenazó a España con la adopción de medidas de represalia.

LAS CONSECUENCIAS DE LA DERROTA EN ESPAÑA

El final de la guerra tuvo serias consecuencias en la política española del siglo XX. Las consecuencias directas e inmediatas fueron, aparentemente, poco importantes pero, con el transcurso de los años, la derrota afectó muy seriamente al país. Al finalizar la guerra, salvo la amargura de la derrota, todo parecía discurrir por cauces normales. En contra de lo que creía el gobierno español, no se produjo ninguna reacción contra la monarquía porque el país no había asumido todavía la pérdida de las colonias. El pueblo no comprendía como una nación de gran tradición militar había sucumbido ante un país al que los periódicos y políticos calificaban de "tenderos que huirían antes de entablar combate". Sin embargo, en los círculos políticos, se desencadenó una verdadera tormenta contra el Primer Ministro Sagasta y su Gobierno y contra el Ejército y la Marina. En varias tormentosas sesiones en el Senado, el Conde de Las Almenas achacaba la derrota a la ineptitud de los mandos militares y pedía que se celebraran Consejos de Guerra donde "los cinturones de los generales y almirantes pasaran de su cintura a su cuello". Pocos diputados y senadores tuvieron la gallardía de reconocer que la causa de la derrota era la imprevisión de los sucesivos gobiernos y que los militares, como regla general, cumplieron con su deber, incluso yendo conscientemente a la derrota como el Almirante Cervera. Ningún ministro quiso reconocer que los incumplimientos de los programas navales y la mala planificación de las operaciones habían conducido a la derrota total.

La opinión pública, engañada por los periódicos y determinados políticos, culpó de la derrota al ejército y la marina. Los soldados repatriados no fueron recibidos como héroes si no con insultos por los que se habían quedado en la península sin combatir.

De todos modos la derrota afectó a la memoria colectiva de los españoles y, aún hoy, cuando alguien sufre un grave quebranto se emplea la expresión "más se perdió en la guerra de Cuba". A más largo plazo, la derrota trajo básicamente tres graves consecuencias. El enfrentamiento entre el poder político y el ejército; la pérdida de confianza de los españoles en la propia España; y el descrédito de los partidos políticos tradicionales, descrédito que llevaría, a la larga, a la instauración de la II República (1931) y a la Guerra Civil (1936-1939). Como contrapartida a lo anterior, la crisis de 1898 aunó a algunos de los más destacados intelectuales españoles en la denominada "Generación del 98" que analizaron críticamente la situación de España creando un movimiento llamado "Regeneracionismo" y que animaba a abandonar el fatalismo y luchar por el futuro. Sus efectos no fueron inmediatos. Hubieron de pasar los turbulentos años de las guerras de Africa, la dictadura del General Primo de Rivera, la II República, la Guerra Civil y la Dictadura del General Franco para que España comenzara a recobrarse del aciago año 1898.

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