Sermón ¿Se acabó la Semana Santa? 7 de abril del 2002
Rdo. Dr. Juan G. Feliciano-Valera, Pastor Iglesia Metodista de Puerto Rico "Obispo Corson"
S. Juan 20:19-31
Para los cristianos, la Semana Santa no termina nunca, pues Cristo cambió nuestras vidas y ahora vivimos en la Gracia del Señor constantemente. Celebramos su victoria constantemente. Celebramos su resurrección todos los días. Y, si fallamos, Su Gracia permanece constante buscando maneras de alcanzarnos para bendecirnos. "El bien y la misericordia me seguirán todos los días de mi vida...(Sal. 23:6)
Veamos el texto bíblico. Hay algo impactante en el simple hecho de que los discípulos se volvieran a juntar. Me refiero al hecho que ellos tenían que haber estado muy avergonzados. Mientras se sentaban uno junto al otro ese domingo deben haberse sentido un poco tontos. Solo dos noches antes el horno se había calentado y ellos habían salido corriendo. Todos escaparon. No pararon hasta que llegaron a todo posible hueco que había en Jerusalén.
¿Se ha preguntado alguna vez qué es lo que los discípulos hicieron ese fin de semana? ¿Se ha preguntado alguna vez si algunos fueron por las calles o se quedaron pensando en casa? ¿Se ha preguntado alguna vez qué dijeron cuando la gente les preguntó qué había pasado? "Este... bueno... como ustedes saben..." ¿Se ha preguntado alguna vez si permanecieron de dos en dos o en pequeños grupos, o solos cada uno? ¿Se ha preguntado alguna vez qué pensaron, qué es lo que sintieron? "Tuvimos que correr". "Nos hubieran matado a todos!" "No entiendo qué pasó". "Lo dejamos a El allí". "Él tenía que habernos advertido."
¿Se ha preguntado alguna vez cuál de ellos estaba cuando el cielo se oscureció? ¿Se ha preguntado alguna vez si estaban cerca del templo cuando la cortina se rasgó? ¿O cerca del cementerio cuando las tumbas se abrieron? ¿Se ha preguntado alguna vez si algunos de ellos quisieron volver sigilosamente a la colina y mezclarse entre la multitud y contemplar las tres siluetas allí en la colina? Nadie sabe. Esas horas quedan para la especulación. Ninguna culpa, ningún temor, ninguna duda está registrada.
Pero sabemos una cosa. Ellos regresaron lentamente. Uno a uno. Regresaron. Mateo, Natanael, Andrés. Salieron de sus escondites. Salieron de las sombras. Santiago, Pedro, Tadeo. Tal vez algunos estaban ya camino de su casa, de vuelta a Galilea, pero dieron la vuelta y regresaron. Tal vez otros se habían dado por vencidos en disgusto, pero cambiaron de parecer. Tal vez otros estaban llenos de vergüenza, pero aun así volvieron.
Uno a uno apareció en el mismo aposento alto en donde habían compartido el pan y el vino con Jesús. (Tienen que haber hallado consuelo al encontrar a otros allí.
De todas los barrios de la ciudad aparecieron. Demasiado convencidos de ir a casa. Sin embargo, también demasiado confundidos para ir a casa. Cada uno con una desesperante esperanza de que todo había sido una pesadilla o una broma cruel. Cada uno esperando encontrar alguna clase de paz, de consuelo. De estar juntos. Volvieron. Algo en su naturaleza se rehusaba a permitir que ellos se dieran por vencidos. Algo en aquellas palabras habladas por el Maestro los impulsó a regresar y a juntarse.
Ciertamente era una posición incómoda la que ellos tenían en ese terreno sin igual, entre el fracaso y el perdón. Suspendidos en algún lugar entre "no puedo creer lo que hice", y "nunca lo volveré a hacer". Demasiado avergonzados para pedir perdón, pero demasiado leales para darse por vencidos. Demasiado culpables para ser contados entre los discípulos; demasiado fieles para ser contados fuera de ellos. Me imagino que todos hemos estado allí. Diría que todos nosotros hemos visto nuestras promesas barridas como castillos de arena por las olas del pánico y la inseguridad. Me imagino que todos nosotros hemos visto nuestras palabras de obediencia y promesa cortadas en tirones por la sierra del temor y del miedo. Todavía no he encontrado a una persona que no haya hecho lo mismo y que juró que nunca lo haría. Todos nosotros caminamos las calles de Jerusalén.
¿Qué hizo regresar a los discípulos? ¿Qué los hizo volver? ¿Los rumores de la resurrección? Eso tenia que ser parte de la razón. Los que caminaban cerca de Jesús habían aprendido que él haría lo inusual. Lo habían visto perdonar a una mujer que tuvo cinco esposos. Dar un trato honroso a un ladrón que era tan despreciado como un cobrador de impuestos, y había amado a un vagabundo que hubiera hecho sonrojar las caras de muchas personas. Lo habían visto sacar fuera a los demonios de algunos poseídos, y poner el temor de Dios en algunos religiosos que iban al templo. Las tradiciones se habían derrumbado, los leprosos se habían limpiado, los pecadores habían sido perdonados, los fariseos se habían esfumado, las multitudes habían sido movidas por ÉL. Nadie puede hacer las maletas e irse a casa tan fácilmente después de tres años como esos.
Tal vez El realmente se había levantado de entre los muertos.
Pero fue algo más que los rumores de una tumba vacía lo que los trajo de vuelta. Había algo en sus corazones que no los dejaría tranquilos con su traición. Por justificadas que fueran sus excusas, ellos no fueron lo suficientemente buenos como para borrar la verdad de la historia. Habían traicionado a su Maestro. Cuando Jesús los necesitó, habían escapado. Y ahora tenían que aceptar la vergüenza.
Buscando perdón -aunque sin saber dónde hallarlo- regresaron. Volvieron al mismo aposento alto que guardaba el dulce recuerdo del pan partido y del simbólico vino. El simple hecho de que ellos regresaron dice algo de su líder. Dice algo sobre Jesús el hecho de que aquellos que lo conocían bien no podían permanecer en su contra. Para los doce apóstoles originales había sólo dos opciones: rendirse o suicidarse. Sin embargo, esto también dice algo sobre Jesús: aquellos que lo conocían bien sabían que aunque no hubieran hecho exactamente lo que habían prometido, podrían encontrar todavía el perdón.
Así que regresaron. Cada uno con toda una colección de recuerdos y una débil sombra de esperanza. Sabiendo cada uno que todo estaba terminado, pero esperando en su corazón que lo imposible sucediera una vez más. "Si yo tuviera sólo otra oportunidad".
Allí se sentaron. La conversación giró sobre los rumores de una tumba vacía. Alguien suspira. Alguien toca la puerta. Alguien arrastra sus pies. Y cuando la oscuridad viene y se hace espesa, cuando su pensamiento está cayendo víctima de la lógica, cuando alguien dice: "¡Cómo daría mi alma inmortal por verlo una vez más!" Un rostro familiar atraviesa la pared.
¡Oh! ¡Qué final! Mejor dicho, ¡Qué comienzo! No pierdan de vista la promesa revelada en esta historia. Para aquellos de nosotros que, como los apóstoles, hemos dado la vuelta y hemos corrido cuando deberíamos haber permanecido y peleado, este pasaje está saturado de esperanza. Un corazón arrepentido es todo lo que ÉL demanda. ¡Salga de las sombras! ¡Salga de su escondite! Un corazón arrepentido es suficiente para permitir que el mismo Hijo de Dios atraviese nuestras paredes de culpa y de vergüenza. ÉL, que perdonó a sus seguidores, está aquí listo para perdonar al resto de nosotros. Todo lo que tenemos que hacer es volver a ÉL.
Con razón lo llamaron, Jesús, el Salvador.
(Basado en parte de un libro de Max Lucado: Con Razón lo llaman El Salvador)