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Los Jardines Japoneses Niwa, Sono o
Tei En, están cargados de simbolismo,
religiosidad y poesía. Nuestro Jardín ha sido diseñado para
que el visitante pasee a través de él y descubra sus
diferentes áreas. El mismo posee dos accesos; el portal sur es
el acceso principal. Tras ascender por la amplia escalinata,
guiados por una erizada verja de bambú y en medio de una
cascada de color (Bouganvillea) encontramos el pórtico
custodiado, a ambos lados, por fieros guerreros (Beaucarnea
recurvata) de múltiples cabezas y verdes cabelleras.
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Cruzamos el umbral y nos recibe un estanque de agua
cristalina y tranquila, que nos acerca un trozo de cielo. Una
vasija (tsukubai) de aguas límpidas e inagotables nos
invita a la purificación. A ambos lados un mar de pulcra arena
blanca invoca los elementos marinos omnipresentes en la realidad
de la Cruceta del Vigía, los barcos aproximándose a puerto y las
impávidas islas en la lejanía. Aquí se observan los típicos
elementos del Jardín Zen (kare-san-sui) como son la arena (Agua)
y las rocas (Barcos e Islas), los cuales se transforman en
realidad y se mueven al corazón del jardín.
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La vista es atraída por la continua
presencia del agua, la cual se percibe, al mismo tiempo,
ininterrumpida e intermitente hacia el fondo del jardín. El
manantial se escapa de su jaula de piedra para desaparecer
bajo las rocas y resurgir en el estanque principal, bajo la
mirada vigilante del Bombax (Bombax elipticum) que le
observa desde la montaña. |
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Un
bosquecillo de Árboles de Helecho Japonés (Fillicium decipiens)
y Robles Amarillos (Tabebuia glomerata) nos indica la
transición a un nuevo espacio, uno sagrado y místico. Al
Este, el patriarca, el Arbol Sagrado (Swietenia mahagoni)
distinguido por la soga de fibra (shime-nawa) que lo
envuelve. Su silueta encorvada es prueba de la perseverancia del
viento que, a lo largo de los años, ha obligado al árbol a ceder
la resistencia por la adaptación. Bajo él, pequeñas evocaciones de
forma y vigor se reúnen, tras años de esfuerzo, en un secreto y
reservado patio de Bonsai.
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Continuamos el recorrido y tropezamos con un
tributario de nuestro río, dibujado por Iris Amarillos (Neomarica
sp.), el cual, tímidamente, aporta su invisible caudal al río
y, sin pedir nada a cambio, desaparece. Sobre la montaña, rodeado
por tres caobas, el Laurel (Ficus benjamina) afianza sus
raíces a la roca y trata, sin descanso, de reunirse con la tierra
mientras espera pacientemente crecer.
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Más adelante, tímidos pasos de lajas nos ofrecen paso seguro
entre las Caliandras (Calliandra emarginata) hacia el
puente de rocas y la Casa del Té. Esta estructura, que flota
solemne sobre el agua, se concibe como un acogedor refugio
para el retiro espiritual. Los Papiros (Cyperus
giganteus) resguardan el estanque y los Lirios acuáticos
(Nymphaea sp.) intentan con avidez incontrolada,
cubrir la superficie a cambio de destellos de color violeta
y rosado. |
El camino principal nos dirige hacia un
encuentro con el espacio consagrado a los dioses. Dos imponentes
rocas (iwa) enmarcan la entrada. Los Ucarillos (Bucida
spinosa) abrazan las rocas y complementan la fría rigidez de la
piedra con siluetas firmes, pero a la vez flexibles. La impecable
pureza de la arena envuelve los conjuntos de piedras que sirven de
asiento a lo divino (iwa-kura). Los dos eternos contrarios
de la filosofía oriental ("in" y "yō”)
se representan por los colores de la arena. El gran círculo
central simboliza el equilibrio, la transformación y la
interdependencia.
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Desde la montaña el Guayacán (Guaiacum
officinale) es testigo silencioso de los acontecimientos.
El bosque de Robles rosados (Tabebuia rosea) y Ucares (Bucida
buceras) crea una cortina protectora que aísla el sitio
sagrado del bullicio exterior. A lo lejos las montañas
circundantes se acercan al jardín y se integran a sus formas.
Al fondo, nuevamente el agua, inagotable fuente de vida. |
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De regreso, un puente, bajo el cual se
vierte el cauce invisible del río, nos lleva hacia un bosque de bambú. El sinuoso camino de
redondeadas piedras, corre casi paralelo al lecho seco del río.
Los pasos de la naturaleza y los del hombre discurren juntos
sobre los mismos materiales. Al Este las Zamias (Zamia
furfuracea) intentan conquistar la montaña. Los Robles nativos (Tabebuia
heterophylla) se confunden con el entorno. Una masa
compacta de arbustos floridos y el follaje colgante de los
Sauces llorones (Salix babylonica) nos dan paso a
puentes curvos (sori-bashi) que nos comunican a una
isla central (nakajima), que simboliza la tierra pura
de Buda. Estos puentes representan la conexión entre el mundo
terrenal y el cielo, infiriendo la posibilidad de renacer en
el paraíso.
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Los Jardines son una expresión de nuestra
relación con el mundo natural a través de principios
espirituales, estéticos e intelectuales. El jardín no es una
simple imitación de la naturaleza, es la convergencia de la
belleza de lo natural y la creación del hombre.
Información suministrada por:
Gabriel Bérriz & Asociados
Taller Ecopaisajista |
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