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Noviembre 2000 Numero 26 |
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Nuestros Hermanos los Santos
Creo que debo
comenzar por recordar que todos estamos llamados a ser santos, nos lo
pide nuestro Señor cuando nos dice: "Sed perfectos como mi Padre
es Perfecto" y San Pedro nos recuerda: "Así como el que os
ha llamado es Santo, ustedes tienen que ser santos".
Este llamado a la santidad no es un mero decir: si quieren, o
traten, es una exigencia de nuestra dignidad de Hijos de Dios. El día de nuestro bautismo fue el glorioso día en que al
ser lavados en la pila del bautismo y ser así sumergidos en el Padre,
el Hijo y el Espíritu Santo, se nos comunicó la gracia de Dios, y
con ella el germen de la santidad.
Hijos de Dios, Templos del Espíritu Santo, por Cristo fuimos
liberados del pecado y en Cristo sumergidos participamos de su
santidad.
Quien persevere en la santidad se salvará para la vida eterna,
esta hermanos es la voluntad de Dios, que todos los hombres se salven.
Pero para poder optar por la salvación es necesario que radicalmente
rompamos con el pecado.
La Solemnidad de Todos los Santos que celebramos en este mes va
dirigida a venerar a todos los hermanos que nos han precedido a la
Casa del Padre, y que hicieron de su vida un SI sostenido de amor,
entrega y fidelidad al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
Ejemplo hermosísimo de esta entrega a Dios son sus vidas, por
ejemplo la de nuestra Madre, vida ejemplar de humildad y entrega
confiada a Dios; la de San José, padre adoptivo de Jesús, la de San
Francisco, que lo dejó todo para ser solamente de Dios; también la
de San Antonio María Claret, vida singular de un hombre talentosísimo
que puso al servicio de Dios su vida para salvar a sus hermanos los
hombres.
Los santos pues han sido personas como tú y como yo, de todas
las razas, pueblos y naciones de la tierra.
Hombres, mujeres, niños, ancianos, jóvenes, adultos; la
inmensa mayoría de
nosotros no los conocemos, solo los conoce Dios.
Esto porque, no son solo los canonizados los únicos santos,
sino que Dios que es el que nos santifica y ve nuestros corazones,
paga a cada cual según la vida vivida.
Los canonizados por la Iglesia son solo una pequeñísima parte
de la inmensa cantidad de santos que habitan en el cielo y que son
testimonio vivo para todos nosotros.
Ellos nos gritan con su vida, "si nosotros siendo carne y
hueso como ustedes, logramos desapegarnos del pecado y vivir una vida
de amor y alabanza a Dios, ustedes también pueden".
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